Hoy comienzan las festividades del Inti Raymi en el imponente complejo arqueológico.
El Castillo de Ingapirca, ubicado al noreste de la provincia del Cañar y a 3.160 metros sobre el nivel del mar, es una de las reservas arqueológicas más importantes del Ecuador. Fue un centro ceremonial Cañari-Inca y, según relatan los cronistas, era el escenario para los rituales en honor al dios Sol, sobre todo durante el solsticio de junio. Uno de estos fenómenos se podrá apreciar hoy en este sitio.
Precisamente en Ingapirca se recrearán estas ceremonias entre hoy y el domingo para celebrar la Fiesta del Inti Raymi o del Sol, a la que, como todos los años, acudirán turistas para disfrutar del espectáculo que ofrecen los danzantes acompañados de bandas de músicos. También habrá rituales de chamanes que invocarán al dios Sol.
Imponente complejo
La fiesta del Inti Raymi también será la oportunidad para recorrer el complejo arqueológico Ingapirca, cuya ubicación es precisa para observar la posición del Sol.
Al menos dos horas son necesarias para conocerlo y admirar los detalles de su estructura y demás componentes. El sitio lo constituyen el Aposento del Inca, La Condamine y Pilaloma.
Tiene aproximadamente 100.000 metros cuadrados, con características topográficas irregulares.
El paraje andino, rodeado de montañas y el verdor de los sembríos de trigo, haba y maíz, cuidados por los nativos de la zona, también le da un atractivo singular.
Caminar por cada uno de sus espacios resulta una especie de encuentro con el pasado.
Casi de memoria, la guía bilingüe Esther Muñoz lo describe como un centro de observación astronómica, aunque deduce que en definitiva son dos observatorios dentro del mismo sitio.
El primero, ubicado al costado sureste del complejo, se construyó como una fortaleza de la cultura cañari en el 400 DC. Este se diferencia fácilmente con el templo incaico por edificarse con piedra negra de río y en forma circular, a más de que se asienta sobre una colina menos prominente.
Por un sendero trazado entre los muros se avanza hasta el Templo del Sol, levantado por el imperio Inca. En la parte más alta sobresale la Elipse, que los cronistas dijeron que servía para medir con precisión el solsticio y como escenario de los rituales.
Desde lo alto del Castillo, el turista se sorprende por la ubicación tan estratégica para dominar el panorama.
Igual admiración provoca observar los grandes bloques de piedra tallada, convertidos en estructura básica de las paredes, dinteles, gradas y sillares. De solo pensar cómo se los trasladó hasta el lugar causa asombro.
Este complejo arqueológico, en sus 100.000 metros cuadrados, está compuesto por espacios como el Recinto Mayor, que todavía conserva los 18 nichos en sus paredes y, de acuerdo a los cronistas, era la habitación para guardar el tesoro y se realizaban ceremonias en honor a dioses secundarios.
Cerca está el Agllahuasi o casa de las mujeres escogidas, encargadas de cuidar la Curicancha.
Además están la Condamine, la Pilaloma, Plaza Ceremonial, los baños rituales, las bodegas, la escalinata mayor y otros sitios.
Ingachungana
Un sinuoso sendero se encamina hacia el noreste recorriendo por sitios como el Ingachungana, una especie de piscina tallada en la roca natural. Se cree que allí el rey inca jugaba mágicamente con el dios Sol.
Al descender cinco metros se encuentra una roca de 1,20 metros de largo, 0,70 de ancho y 0,50 de alto y que aparenta a una tortuga.
Esther Muñoz recurre al relato del español Pedro Cieza de León para afirmar que el rey inca trajo la idea de esculpirla después de visitar la Costa.
Mientras se continúa el recorrido, a lo lejos se escucha el sonido producido por la correntada del río Silante. Al levantar la mirada hacia la pendiente se divisa una deformación orográfica de 30 metros que se asemeja a un rostro humano y se conoce como Ingañahui o Cara del Inca.
Piezas en cerámica, textiles, piedra, concha y cobre se exhiben en las tres salas del Museo Arqueológico y Etnográfico, instalado en el centro administrativo.
También hay una recreación de los ambientes de una casa nativa.
Tacalzhapa
Las vasijas con pintura roja en negativa y formas antropomórficas, ovipomorfas y otras, pertenecen a la fase Tacalzhapa (500-900 DC.); las de decoración y realización más definida son de Chashaloma (1.500 DC.)
También hay tejidos en algodón o lana de alpaca, conjuntos de tupos y cascabeles en cobre, hachas ceremoniales, sarta de cuentas, pendientes, punzones, orejeras y otros.