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Viernes 28 de junio del 2002

Cinco puertos en la ruta de las Ballenas Jorobadas

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Las personas que logren tomar fotos a la parte interior de las colas de estos cetáceos pueden enviar copias a yacupacha@ecnet.ec. Estas serán documentos de apoyo para los estudios científicos sobre la población que llega a aguas ecuatorianas.
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Temporada de Ballenas 2002

Junio 28, 2002

Tali Santos, Redactora | Puerto López

Llegan entre junio y septiembre a tener sus crías y a reproducirse. Verlas de cerca en el mar y compartir su espacio es realmente emocionante.

Cada año, en marzo, las ballenas jorobadas del Pacífico Sur empiezan el viaje que da sentido a sus vidas, a su especie, aquel en el que conocen el amor y en el que surge su propia descendencia.

El destino  que llevan son las aguas ecuatoriales y las que están un poco más hacia el Norte, porque tienen la temperatura ideal (25°) para dos momentos cálidos de sus vidas: su apareamiento y la llegada de sus hijos. 

Es más bien un viaje de retorno a su lugar de nacimiento, que inician en el momento justo en que el frío se vuelve intenso en las aguas antárticas, adonde acuden a fines de cada año en busca de comida (crustáceos y peces pequeños).

También porque la geografía submarina en la zona ecuatorial es más segura —por ser menos profunda— para protegerse y proteger a sus bebés de sus mayores enemigos: los tiburones y las orcas, que escapan a las aguas someras en su andar.

Esta vuelta al hogar de las jorobadas, por la que atraviesan 8 mil kilómetros, es, desde hace cuatro años, un acontecimiento que los ecuatorianos –sus compatriotas, al fin y al cabo– celebran con fiestas y la organización de paseos para saludarlas y admirarlas. 

Este año, desde mediados del presente mes, embarcaciones semejantes a yates y pangas de pescadores adaptadas para transportar turistas, ya se han hecho a la mar en búsqueda de estos habitantes del océano, que pueden llegar a medir hasta 15 metros y medio y a pesar  40 toneladas.

Han salido desde cinco puntos de la Costa:  Súa, Bahía de Caráquez, Puerto Cayo, Puerto López y Salinas, unos más cercanos que otros, a los sitios por los que ellas pasan o se estacionan.

La emoción de verlas
El domingo pasado, en Puerto López, el centro urbano del Parque Nacional Machalilla, en Manabí, se armó una fiesta para celebrar el inicio de la temporada de observación de ballenas.  Nosotros estuvimos ahí y nos embarcamos en el bote Explora I cargados de esa expectativa y emoción que siente cualquiera que parte a aquella aventura, que encierra un poco de miedo y al mismo tiempo toda la valentía que se necesita para ir al encuentro de estos animales, con la simple coraza de unos botes que miden solo un poco más de la mitad que ellos.

Pasaron 45 minutos de viaje, desde que nos embarcamos en la playa de Puerto López, descalzos y resguardados en nuestros chalecos salvavidas, cuando  el capitán de la nave  detuvo la marcha. 

Aquel fue un gesto que reveló nuestra proximidad a los cetáceos de lomo negro y pecho blanco.

Pasaron cinco minutos.  Fue entonces cuando un   pasajero vio la aleta dorsal de una de ellas.

Si en algún momento, antes del viaje o durante este, sentimos miedo internamente, ya no lo tuvimos más.  Estar en el mar, en su espacio y no en el nuestro, tan cerca de ellas, nos convertía en seres especiales y así nos sentíamos. 

Aquel pedazo de su cuerpo marino que vimos revelaba su gran tamaño, pero no nos atemorizó, al contrario, queríamos que saliera,  que saltara.  Y nos dio ese gusto.  A unos 250 metros de donde estábamos se dejó ver completa.  

Ella en lo suyo, saltando fuera de la superficie, por algún motivo de su naturaleza de ballena, y nosotros creyendo que nos saludaba. 

La vimos brincar de lado y vientre arriba y golpear la superficie del agua con sus aletas pectorales de dos y medio metros de largo.  Lo mismo hicieron con su cola, que no se parece a la de ninguna otra porque tiene unas marcas particulares, que son como las huellas dactilares humanas.

A las jorobadas se las conoce como las ballenas que cantan. 
Pero aquel día, los que salimos de Puerto López, no escuchamos nada de su repertorio de sonidos.  Probablemente  porque es algo que está ligado al rito de la reproducción y estas que vimos no estaban en esos asuntos.  Cuando sí lo están, los machos, inmóviles, emiten sonidos similares a un gran quejido de mujer, durante horas.  “Un canto que interrumpen solo por breves momentos mientras salen a respirar y cuya función específica, aunque se asocia a su apareamiento, aún no es del todo clara”, según ha explicado Fernando Félix, especialista en mamíferos marinos.

Sospechábamos de la presencia de alguna de ellas también por el vapor que acostumbran echar al aire como chorros cuando respiran.    

Cuando los del Explora I nos disponíamos a regresar, porque llegaron otras cinco embarcaciones y la observación empezaba a convertirse en acoso, apareció otra ballena más grande.  Saltó y se mostró entera, seguramente también por algún motivo de su naturaleza de ballena que nosotros preferimos interpretar como una despedida.


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