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Lo que saben los taxistas

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Noviembre 30, 2002

Francisco Febres Cordero | pajaro@eluniverso.com

Es fama que los taxistas son, entre todos los seres humanos, los mejor informados. Al fin y al cabo, por algo pasan día y noche, mientras recorren las calles, escuchando las noticias a través de la radio, leyendo de cabo a rabo la prensa en los momentos libres en que esperan pasajeros, y enterándose de las opiniones ajenas en su largo deambular hacia el sitio al que el cliente se dirige.

“El taxista que me conducía hacia el hotel me dijo...”, es casi una fórmula sacramental con que los periodistas comienzan sus crónicas en ciudades ajenas, en la certeza de que su informante está absolutamente al tanto de la realidad en las materias más disímiles, que van de las futbolísticas a las económicas, pasando por las políticas, militares, sociales, raciales, religiosas o internacionales.

Salvo rarísimas excepciones, los taxistas se caracterizan (y en eso se parecen bastante a los dentistas) por su gran locuacidad. Si no entablan conversación apenas el pasajero aborda el vehículo, es solo porque están enfrascados en una pelea encarnizada con algún automovilista, o porque el pasajero corta la charla de manera tajante con un gruñido seco.

Lo curioso es que, siendo tan sabios y teniendo una opinión tan personal sobre casi todos los asuntos humanos y divinos, los taxistas ecuatorianos tienen una notoria debilidad en algo que debe ser consustancial a su profesión: saber la ubicación geográfica de las calles.

Cuando alguien sube a un taxi y pide al chofer que lo conduzca a determinado sitio, casi siempre se encontrará con que es el que debe orientar al chofer quien, con solo escuchar la dirección, pone una cara de alumno cogido en falta y, con ojos desorbitados por la sorpresa, pregunta: ¿Y eso por dónde queda, mi señor?
Ventajosamente, su labia le permite, de esquina en esquina, solicitar, con la cabeza fuera de la ventanilla, ayuda a los peatones, con el inconveniente de que ellos muchas veces tienen las versiones más contrapuestas sobre el nombre de la calle buscada y un sentido de orientación bizco: lo que uno ve que es para el norte, el otro ve que es para el sur.

Para descargo de los profesionales del volante, valga señalar que la nomenclatura de nuestras calles es una suerte de crucigrama que supera el absurdo (en Quito hay ocho calles que se llaman Aguirre, ocho Alfaro, catorce Chiriboga, cuatro Cordero, veinte García y cinco García Moreno). Es tal la intrincada maraña de nombres, que solo puede ser resuelta con la ayuda de un mapa de la ciudad, artilugio que los taxistas parecen desconocer por completo porque jamás tienen uno a mano.

¡Ah, los taxistas! Tan locuaces para resolver los problemas del mundo durante el tiempo que demoran en deslizarse de un semáforo a otro, y tan huérfanos de conocimientos sobre la ubicación de las calles.

Algunos tienen su temperamento, además. Hice parar un taxi un mediodía, durante esos tediosos instantes que los expertos conocen como “hora pico”. Una vez acomodado en el asiento posterior, di al taxista la dirección a la que pretendía ir. Y él, con una sinceridad que me dejó pasmado, dijo:
-No, señor, allá no lo llevo.

-¿Por qué?-, le pregunté atónito, sin vislumbrar a qué obedecía su negativa.
-Porque por ese sector hay mucho tráfico-, añadió con una sinceridad apabullante.

No valieron razones (entre otras, que los vehículos habían sido inventados justamente para andar por las calles y que es en las calles donde hay otros autos. Ante la inutilidad del argumento, recurrí a otro que consideré aún más convincente: estaba dispuesto a aumentar generosamente la tarifa que marcara el taxímetro). Sin más trámite, me vi compelido a descender y me encontré de súbito plantado en la acera con el brazo extendido y cara de damnificado, a la espera de algún otro conductor menos remilgado.

A pesar de todos estos imprevistos, si el pasajero conoce bien la ciudad y está en capacidad de guiar al taxista ágilmente por los recovecos de la urbe hasta arribar al sitio de destino, el viaje puede resultar agradabilísimo, gracias a una charla muy amena que contribuirá a aumentar sus conocimientos, porque, en realidad, los taxistas saben todo de todo.

Menos lo único que están obligados a saber, claro.


Lo que saben los taxistas
Es fama que los taxistas son, entre todos los seres humanos, los mejor informados. Al fin y al cabo, por algo pasan día y noche, mientras recorren las calles, escuchando las noticias a través de la radio, leyendo de cabo a rabo la prensa en los momentos libres en que esperan pasajeros, y enterándose de las opiniones ajenas en su largo deambular hacia el sitio al que el cliente se dirige.
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