Entre comidas, juegos y siestas transcurre el día de los niños, cuyos padres cumplen otras obligaciones.
Miércoles, 08h00. Con su hijo Edward Blanco (1 año y 10 meses) en brazos, una pequeña mochila y un bolso al hombro, Dolores Arechúa (26) camina a paso acelerado por las calles Guerrero Martínez y la D, en el barrio Cristo del Consuelo.
Agitada ingresa al Centro Infantil Santa Dorotea, una guardería donde laboran religiosas y laicas que de lunes a viernes cuidan niños desde los 3 meses hasta los 3 años y medio.
Allí se encuentra con otras madres, padres, hermanos y demás familiares que, como ella, dejan a los pequeños en este tipo de instituciones porque el trabajo, los estudios o las tareas del hogar les impide cuidarlos a tiempo completo.
Un beso cariñoso marca la despedida entre Dolores y Edward. Ya no hay los típicos berrinches ni llantos que son comunes en las guarderías cuando un menor llega por primera vez, hasta después de cuatro o cinco días que logra adaptarse. Tampoco se percibe la angustia que, por la separación, sienten sus madres.
Dolores, quien diariamente llega a esa entidad desde su casa, en Chambers y la 38ª, recurrió a este recurso porque trabajaba en un restaurante de comidas rápidas y no tenía con quién dejar a Edward.
Su madre vive en Quevedo y su esposo en Brasil. Ahora él le envía dinero para mantener al hijo de ambos y en el día ella estudia Análisis de Sistemas en la Escuela Politécnica del Litoral.
En la guardería, en aquella mañana tibia, en la que se cruzan las miradas de rostros somnolientos o esquivos de algunos moradores de ese barrio del sur de Guayaquil, hay pocas madres.
Mirka Oleas, una pequeña de 2 años y 6 meses que llega con una mochila de Barbie y una tortilla envuelta en una funda plástica, todos los días aparece de la mano de algún hermano, esta vez de Stalin.
Su mamá trabaja desde las 06h00 vendiendo comida en el Puerto Marítimo y solamente puede ir a recogerla por las tardes, desde las 15h00, cuando los niños salen.
Los familiares se retiran y bajo la supervisión de la directora, sor Barbarita González, los niños son enviados, de acuerdo a su edad, a las diferentes salas del centro infantil: Cuna (3 meses a 1 año y medio), Maternal (1 a 2 años y medio) y pre kinder (de 2 y medio a 3 y medio), donde juegan y comen.
Las tías o mamás
Mientras en el Centro Santa Dorotea algunos se marchan, a la guardería de la Cruz Roja, ubicada en Seis de Marzo y García Goyena, Patricio Moscoso, piloto comercial, llega pasadas las 09h30 con su hijo Aarón (3), del área maternal, quien prefiere comer una manzana mientras sus compañeros dibujan garabatos.
Su esposa labora como visitadora médica y ni él ni ella pueden dejar sus trabajos para cuidar a Aarón y Kristhel (4 años), su otra hija, que está en kinder en la misma institución.
En el área de Lactantes, Miriam Jurado alimenta con bocados de manzana a Gabriel Peña, un pequeño de 1 año y 8 meses, hijo de un mecánico y una emigrante que hace dos meses se fue a España en busca de trabajo.
En esta área es el único menor que tiene a uno de sus padres fuera del país. No hay cifras exactas, pero basta oír testimonios de algunos de los niños para hacerse una idea de lo que ocurre en sus casas.
La cuidadora dice que la mamá empezó a llevar al niño a la guardería desde que cumplió los 2 meses. “Seguramente para que vaya adaptándose cuando ella faltara. Aquí el pequeño crece como un niño normal”, agrega.
La tía, como algunos pequeños llaman a Miriam, tiene 23 años al cuidado de lactantes en esta entidad de la Cruz Roja. “He visto crecer a muchos pequeños que ahora son hombres y mujeres y algunos todavía vienen a visitarme”, comenta mientras limpia la cara del pequeño Gabriel.
Las horas transcurren en silencio en el área Cuna del Centro Madre Pilar Izquierdo (ciudadela La Atarazana). Bebés que gatean y otros que duermen en cunas se observan en aquel salón donde la hermana Laura Fiallos y sus dos asistentes ordenan sobre una mesita los biberones vacíos y marcados con iniciales de nombres.
Pasado el mediodía, los pequeños del área Caminadores están en la hora del baño después de haber tomado la sopa y el biberón que les proporcionaron la hermana Herminda Benavídez y sus tres ayudantes.
Las parvularias esparcen por el salón muñecas, legos y pelotas de colores que los pequeños agarran entusiasmados. Hay risas, rabietas y llantos porque alguno quiere el juguete que otro niño tiene.
Son rostros mestizos, negros y cholos, que en sus juegos se enredan en los hábitos de la hermana Laura, a quien en su lenguaje incipiente llaman nana o mamá.
Y vuelve la rutina
A las 14h50 empieza a sentirse un movimiento extraño en los exteriores del Centro Infantil Santa Dorotea. Niños de 6 a 12 años y mujeres jóvenes se ubican en la puerta de la institución.
Como todas las tardes, Cecilia Guamán, una psicóloga educativa que labora en un colegio del norte de la ciudad, llegó para retirar a su hija de 2 años y 9 meses que fue llevada en la mañana por su esposo.
Su ir y venir es una rutina diaria, pero necesaria para poder trabajar y ayudar a su esposo a mantener el hogar.
A las 15h00, madres, padres, hermanos y otros familiares empiezan a retirar a los pequeños que llegaron en la mañana. Desafiando los peligros de aquellas calles, Miguel Anzúa (12) se va a pie con su hermana Priscila y Wilson Artieda, de 3 y 1 años, hasta su casa, en la 19ª y Sedalana.
Es la misma rutina que desde hace seis meses realiza Dolores Arechúa, quien con su hijo Edward Blanco en brazos, su mochila y su bolso al hombro se pierde, a las 15h10, por la calle Guerrero Martínez, con dirección a su casa.