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Los concheros de Hualtaco

Una jornada entre estero, lodo y manglar

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Diciembre 01, 2002

HUALTACO, EL ORO

Inmigrantes de las zonas rurales de El Oro y Loja colectan diariamente conchas en puerto Hualtaco. Una labor arriesgada que realizan desde hace muchos años.

El anterior fue un día malo para Livorio Cruz. El motor de su bote se averió y no pudo transportar a ninguno de los más de cien recolectores de conchas que diariamente se dirigen a los manglares donde buscan el producto para venderlo y ganar algo de dinero en el día.

Pero, a las 09h00 de la mañana siguiente, como ocurre  cuando hay aguaje (marea alta y corriente), Livorio ya estaba con su bote en el puerto de Hualtaco, parroquia ubicada a un km del cantón Huaquillas, en la provincia de El Oro, listo para zarpar con unos 25 concheros que le pagarán un dólar el pasaje.

En este pueblo habitado por cien familias dedicadas a la pesca, el olor a pan caliente y comida preparada se mezcla con el humo negro que emanan los buses de la cooperativa 6 de Octubre, que llegan cada 10 minutos y dejan a hombres y niños en la plazoleta de la Av. Hualtaco.

Algunos pasajeros compran cigarrillos, agua, cola o pan en la tienda de Edith Chávez. Otros se detienen en la carreta de Víctor Merizalde para saborear, por 50 centavos, un plato con arroz, molido de plátano, pollo y jugo de naranja.

Ellos son, en su mayoría, inmigrantes de las zonas rurales de las provincias de Loja y El Oro, radicados en el cantón fronterizo de Huaquillas y conocidos como los concheros de Hualtaco porque salen de este puerto hacia zonas lejanas en donde se dedican a la recolección del molusco.

Es un oficio que en este lado del sur del país practican desde hace muchos años padres e hijos, pero que pierde seguidores por la escasez de conchas, la lejanía de los sitios en donde se las encuentra, el peligro que implica su recolección y el bajo costo que los comerciantes pagan por ellas.

La lancha de Livorio se llena de concheros y de un olor a seco de chancho y pollo que trajeron de sus casas, en los cubos plásticos, junto con botellas de cola llenas de café o cacao disuelto en agua. Comen en el viaje de partida porque a la media mañana estarán trabajando metidos en el lodo.

–¡A La Sombrera, a La Sombrera! –gritan voces adultas cuando Livorio enciende el motor del bote que navega por las aguas del estero Hualtaco, que delimita el sur de Ecuador y el norte de Perú, con dirección a esa zona ubicada a más de dos horas y donde todavía es fácil hallar conchas.

Los concheros van cada vez más distantes para encontrar el molusco que desaparece por la destrucción de su hábitat (los manglares) para la instalación de camaroneras y por la captura de conchas pequeñas, lo que impide que lleguen a su edad de reproducción.

Es algo que saben bien Freddy Mayón y su hijo Fabricio (13 años), quienes el día anterior recogieron 200 pequeñas. Édgar Freire, comerciante del molusco, paga 6 dólares por 100 conchas negras (hembras), de 4 a 3 por las 100 blancas (macho) y 8 por las 100 grandes que llaman pata de mula.

Los comerciantes prefieren la concha negra porque dura hasta ocho días, mientras la blanca se daña pasado los cuatro. Ellos venden el producto hasta en el doble a otros mercaderes que llegan a Huaquillas, desde localidades fronterizas de Perú.

La experiencia de los años
Una brisa fría golpea los rostros cholos e indígenas. Los adultos matan el tiempo con juegos de naipes: casino, nake o rumi. Los pequeños se gritan apodos o juegan a esconderse las galletas o sándwiches que dejaron para el regreso.

José Ramos (15) recoge conchas desde hace cuatro años con su papá. De él heredó su nombre y las ganas de trabajar, a pesar de los pinchazos y cicatrices que le dejaron en las manos un pez al que dicen chalaco y que vive en el lodo.

El chalaco tiene espinas que al clavarse en la piel dejan una sustancia que destruye los tejidos y que producen dolor intenso, fiebre y escalofríos, síntomas que a veces ni los antibióticos logran calmar.

José es de Catacocha y es uno de los tantos lojanos que emigraron con sus familias de las zonas rurales de su provincia, para dedicarse a la recolección de conchas en Hualtaco o en sitios como Puerto Jelí o Puerto Bolívar, en El Oro.

Muchos ni siquiera han completado la instrucción primaria, pero se graduaron en la escuela del mar y conocen sus riquezas y caprichos.

Saben cuándo hay quiebras (mareas pequeñas sin corriente) o aguajes y las horas que pueden navegar para no quedarse atrapados en los bancos de arena que se visten con el blanco de las garzas cuando baja el caudal de agua.

Por el estero pasan naves con jaiberos, que colectan del agua las trampas donde se enreda ese marisco y otras con cangrejeros que buscarán el crustáceo en el fango.

Con una aguja que ya cosió otros harapos, Carlos Moncada (12), a quien por sus ojos y cabellos claros le dicen Gato, remienda los zapatos de caucho y el pantalón que usa para este oficio que realiza hace seis meses con José y otros chicos de su edad.

Nació en La Toma (Loja) y es el conchero más pequeño del bote, pero en casa es el mayor de cuatro hermanos que dejó la escuela para trabajar y ayudar a su madre que labora como cocinera en Huaquillas.

En el bote, los concheros se cambian la ropa que traían puesta por la de trabajo. Amado Ramírez se pone guantes de tela para protegerse del chalaco y los cortes del mangle, su hijo Robinson (13) se coloca un trapo claro en la cabeza para evitar a los mosquitos en su cabello negro.

En grupos de dos o tres, los concheros pasan del bote a las ramas del mangle y caminan en la espesa vegetación hasta llegar al sitio donde esperan encontrar el molusco.

Evadiendo los mosquitos y las hincadas del chalaco, José Ramos camina por el fango. Con la experiencia que le han dado los años mete la mano en el lodo y consigue grandes conchas negras que guarda en las jigras (sacos) de nailon.

Es la labor que realizan todos hasta que cae la tarde, cuando Livorio los recoge en el bote donde se cambian de ropa, lavan y cuentan las conchas capturadas que guardan en los cubos plásticos, junto a la ropa de trabajo.

Fue una buena jornada para los concheros que venden el producto a los comerciantes que ya llegaron al muelle del puerto de Hualtaco. Aquel donde volverán mañana para iniciar una nueva jornada entre lodo, estero y mangle. (M.A.)


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