Un mechón de plumas negras sobre su cabeza le da el nombre a este pájaro que en el país está en peligro de extinción. En enero pasado se halló un nido de esta especie en la reserva ecológica de Buenaventura (provincia de El Oro).
Un pájaro negro, un tanto grande y con un mechón de plumas en la cabeza, similar a un copete, –por lo que recibe el nombre de paraguas– voló entre los árboles que cubren la reserva Buenaventura (provincia de El Oro). El guardaparque que lo vio notó que llevaba una rama en el pico y siguió su vuelo hasta que llegó a un nido. Recién lo estaba formando sobre un árbol.
Se trataba del segundo nido del pájaro paraguas longuipéndulo (cephalopterus penduliger) del que se tiene referencia científica en el país. El primero se halló en el 2000, cerca de Mindo.
Investigadores dirigidos por el biólogo estadounidense Harold Greeney iniciaron el seguimiento de anidación de este pájaro, una de las 47 especies que constan en el Libro Rojo de las Aves del Ecuador en la categoría de peligro de extinción.
En el ámbito mundial, esta especie también habita en Colombia y es considerada ave vulnerable.
Los expertos colocaron una cámara de video en un arbusto contiguo al nido. Cambiaban de casete cada cuatro horas y durante los tres meses de estudio grabaron 800 horas.
A fines de enero el ave puso el huevo en el nido que había construido sobre la rama de un árbol que estaba a unos cinco metros del piso. El polluelo rompió su cascarón el pasado 23 de febrero. El macho nunca apareció por el nido, indica Greeney.
Los biólogos se sorprendieron de que la madre alimentara a su cría con lagartijas, porque la especie se caracteriza por comer frutas. Uno de estos reptiles medía cerca de 20 centímetros de largo y el polluelo empezó a engullirlo desde la cabeza.
El estudio terminó el 26 de marzo, día en que la cría del pájaro paraguas voló. Algo que ocurrió por casualidad. “La madre no se encontraba en el nido y el polluelo estaba moviendo sus alas cuando se cayó para atrás, entonces empezó a aletear y voló. Pero ese no era el día que debía hacerlo”, cuenta Greeney.
Ahora los biólogos revisan las imágenes que captaron para escribir un informe que se publicará en el 2005, en una revista científica.
El reporte servirá, manifiesta Greeney, para conocer más acerca de la forma de vida de esta especie y preservar los recursos de los que se valen estas aves para reproducirse y que pueda seguir creciendo su población.
En el bosque de Buenaventura, el paraguas macho estableció su sitio tradicional de cortejo. La carúncula recubierta de plumas que sale desde su cuello, idéntica a una corbata aterciopelada que es más grande que su cuerpo, se llena de aire, haciendo que las plumas se ericen cuando una hembra está cerca. Canta para atraerlas y ese sonido es parecido a las pitadas de los barcos que están listos para zarpar hacia alta mar. Las hembras pueden escucharlos hasta un kilómetro de distancia, expresa Francisco Sornoza, presidente de la Fundación de Conservación Jocotoco, dueña de la reserva Buenaventura.
El paraguas longuipéndulo es una especie rara y poco común en Ecuador. Hay entre 2.000 y 8.000 individuos maduros que moran en los bosques húmedos, generalmente de la Costa –refiere el Libro Rojo de las Aves del Ecuador–.
Playa de Oro, en Esmeraldas, también es hábitat de los pájaros paraguas; pero ahí enfrentan la amenaza de los cazadores. Los pobladores de la zona los atrapan para comérselos. Para ellos esta ave es una alternativa de alimento por su tamaño: unos 37 centímetros mide la hembra del pico a la cola, el macho es más grande (42 centímetros), señala Nancy Hilgert, presidenta de la Fundación AvesEcuador.
Este pájaro es importante para mantener las otras especies. Ellos comen frutas y al defecarlas riegan las semillas en el bosque para repoblarlo de árboles, explica la especialista.
El longuipéndulo tiene un símil en la Amazonia: el cephalopterus ornatus, ave con características parecidas, aunque se diferencia, por ejemplo, por el menor tamaño de la corbata de plumas que cuelga de su cuello. Pero el pájaro del oriente no está en riesgo, porque “la Amazonia tiene mucho más espacio, solo en la Costa (está en peligro) por falta de bosques”, acota Hilgert.