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Manuel Vicent | Opinión Internacional
Mármoles
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Los montes que rodean la ciudad italiana de Carrara tienen el corazón de mármol blanco y, desde el principio de los tiempos, en su seno dormían las figuras de David y de Moisés soñando a Miguel Ángel.

Esa cantera había sido explotada desde el inicio de nuestra cultura; de ella se sirvieron ya los romanos para levantar palacios, templos e innumerables divinidades. Durante su largo sueño de mármol, las figuras de David y de Moisés no cesaron de oír golpes en el exterior que iban descarnando las entrañas del monte. Pasaron muchos siglos antes de que los taladros se acercaran hasta el lugar donde estos personajes se hallaban esperando a su creador.

Hacia el año 1501, Miguel Ángel viajó a Carrara y allí pasó tres meses trepando obsesivamente por la cantera en busca de David sin hallarlo, y estaba a punto de desistir en su empeño cuando uno de los canteros le dijo que había creído oír una voz que emergía desde el fondo de un gran bloque recién arrancado de la ladera.

Miguel Ángel se dejó conducir hasta allí. Era un bloque de mármol muy puro, de varias toneladas. El escultor pegó el oído con atención y desde el interior de aquel mármol no sintió que saliera ninguna voz, sino una tenue música que sonaba de una forma para él desconocida. ‘Estoy seguro de que es él’, pensó. Miguel Ángel hizo transportar el bloque hasta Florencia y, una vez depositado en el taller, comenzó a batirlo con martillos, punteros y escoplos para desbastarlo y, a medida que saltaban las esquirlas, se hacía más patente la música de dentro cuya melodía llenaba todo el ámbito en el silencio de la noche cuando el trabajo terminaba.

Después de tres años de labor, el cincel hizo aflorar a un joven desnudo de más de cuatro metros de altura. Desde entonces, millones de turistas han creído que esa escultura de David es de mármol, pero algunos seres elegidos saben que ese mármol solo es música, y aún hoy la perciben, lo mismo que Miguel Ángel. Quince años después, el escultor volvió a la cantera de Carrara en busca de la figura de Moisés, un encargo para el sepulcro del pontífice Julio II, en Roma. Esta vez, desde el interior del bloque de mármol no brotaba música alguna, sino un silencio hermético. Cuando el Moisés estuvo terminado, al verlo tan perfecto, Miguel Ángel le dio con el martillo en la frente y le dijo: ‘Habla, perro’. Y el mármol de Moisés habló así: ‘Creaste a David para hacer feliz el aire de Florencia, y por eso él es música; a mí me has creado para estar sentado sobre la carroña de un Papa, y por eso guardo la voz de los muertos’.

(c) El País S.L.

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