El Código Da Vinci no solo es tema de sermones en algunas iglesias católicas de nuestro país donde se exhorta a los fieles a evitar el libro sino que también se prohíbe su lectura a los jóvenes en los colegios del Opus Dei, organización criticada en la obra de Brown.
Cosas similares ocurren desde España hasta Chile, donde las autoridades religiosas emiten comunicados oficiales manifestando su rechazo. El resultado obvio de tanta polémica es que hoy El Código Da Vinci continúa en el primer puesto de las listas de los libros más vendidos en América y Europa y que es el tema de conversación “in” en las reuniones.
Al igual que con la Pasión de Cristo es la controversia el principal vehículo de promoción para este libro, ambos han utilizado notables herramientas de marketing y es también la Iglesia Católica la que se encarga de emitir los juicios finales para estas dos piezas de arte comercial y entretenimiento, en el primer caso: aprueba y recomienda; en el segundo: condena.
Paradójicamente, tanto ruido alrededor de El Código Da Vinci deja en segundo plano un hecho tan simple como que se trata de una historia de ficción que mezcla ciertos datos reales con la gran imaginación del autor (como miles de otras obras que hemos leído a través de los tiempos).
La mezcla sin duda, genera curiosidad e interés y efectivamente, el juego con los enigmas ligados a las grandes obras de arte puede ser entretenido para cualquiera. Sin embargo, bajo el escándalo queda opacada también la debilidad narrativa de Brown, los lugares comunes, las repeticiones e incluso los errores que bien encasillan a la novela en el cada vez más exitoso mundo de la literatura ligera.
A diferencia de El Evangelio según Jesucristo, libro escrito por José Saramago, que también aborda temas controversiales como la humanidad de Cristo o la culpa milenaria, Dan Brown carece completamente de la maestría literaria que debería ser a fin de cuentas el gran tema de conversación.
Pero nadie prohíbe a Saramago porque no es comercial, nunca veremos su historia llevada al cine, pues Columbia Pictures no está interesada en los derechos. Ya compró El Código Da Vinci.