La Revista - Logo
Edición del DOMINGO 13 de Junio del 2004 EL UNIVERSO inicio e-mail
::::::::: M E N Ú ::::::::::
    Portada
    Piqueo de la semana
    Dr. Tecno
    El especialista
    Especial
    Consumitis
    Nueva era
    Cuerpo y Alma
    Gente de cine
    BBC Mundo
    Salud
    Cocina
    Ecología
    El nómada
Cuerpo y Alma 
La cónsul de Macondo
ampliar imagen ampliar imagen

Leticia Guerrero
Retrato de Hugo Soto
Mas fotos de la noticia Imprimir esta noticia
Texto: Carlos A. Ycaza

Durante algunas décadas, Leticia Guerrero impuso su fogosa personalidad en el ambiente de los artistas latinoamericanos que exploraban nuevos horizontes en Nueva York.

"No me dejen escuchar de la sabiduría de los viejos, más me interesan sus locuras”. T.S. Eliot dijo esto en uno de sus poemas y él se podría estar refiriendo a Leticia Guerrero Valenzuela. Ella ha fallecido a los 90 años hace pocos días en Guayaquil, la ciudad que la vio nacer en 1913, muy lejos de su querida Nueva York, donde vivió hasta principios del noventa.

La Leticia que vimos por aquí estos últimos años era más o menos como una leona en reposo, ya no con la rapidez e intereses que caracterizaron su vida, debido a una lesión en el pie que la mantenía en cama. Sus “locuras” fueron realmente la materia de sus sueños, siempre vinculados a la expresividad de los artistas que ella impulsaba y coleccionaba desde su pequeño departamento en Nueva York.

“Leticia siempre quiso ser una especie de Gertrude Stein”, dice Enrique Tábara, uno de los pintores ecuatorianos en su selecto grupo de preferencias. Stein era la escritora norteamericana que durante la década del veinte dominó el escenario de las artes plásticas en su hogar parisino, donde era común ver desde Picasso hasta Hemingway. Ella venía de una familia de judíos adinerados y además estaban sus libros que sí se vendían. Cuando Leticia Guerrero viajó a los EE.UU. a los 28 años, comenzó a trabajar en la Unión Panamericana en Washington, donde se movía en círculos diplomáticos, formando parte de la Unión Interamericana de Mujeres y pudiendo conocer a Eleanor Roosevelt en una visita a la Casablanca.

Autodidacta e independiente, sus verdaderos maestros de la vida estaban en los libros, en los cuadros o en el teatro y la música. Su muy aguda formación cultural fue de ella sola. Hablando un inglés que nunca pronunció a la perfección, pero que todos entendían, ella se incorporó en 1959 al servicio exterior como cónsul del Ecuador en Liverpool, Inglaterra, para luego trasladarse al consulado en Londres. Pero la mujer que conocí en Nueva York años después (en 1969) no era solamente la cónsul, allí era más bien una leyenda viviente entre los pintores del Ecuador y América Latina, que tarde o temprano se movilizaban a una ciudad que podía traerles una consagración internacional imposible de lograr en sus propios países.

Tábara lo recuerda muy bien: “Leticia era como un rayo de luz, la amiga que siempre tenía una opinión sincera que nos estimulaba para seguir avanzando”. El pintor que no estaba entre sus preferidos también podía ser la víctima de los calificativos más terribles. “O se es artista o se es político”, decía, “Guayasamín debería dedicarse a trabajar en un sindicato laboral o algo así”.

Sus palabras nunca se publicaron, pero siempre se conocían en el apretado mundillo de los artistas, en largas reuniones en estudios del Greenwich Village, donde ellos se juntaban con Leticia y donde siempre había amigos de otros oficios, como el ex presidente Galo Plaza Lasso, que en esos años dirigía la OEA.

La colección de arte latinoamericano de Leticia se vendió al Museo del Banco Central en 1980, pero para esta “cónsul de Macondo” –ella mismo se había hecho esa tarjeta de presentación– la vida era un perpetuo safari cultural, donde siempre teníamos que estar a la expectativa de lo nuevo. La recuerdo una tarde neoyorquina, sentada a mi lado en un teatro.

La obra era Travesties (Farsas), de Tom Stoppard. Allí el personaje central era un olvidado burócrata del servicio exterior británico en Zurich, durante la primera guerra mundial, que tuvo la oportunidad de conocer a Lenin, James Joyce y Tristan Tzara, el ensayista del dadaísmo.

Pero el personaje que hablaba en el escenario parecía ser Leticia: “Primeramente, eres un revolucionario o no y si no eres, entonces podrías ser un artista o algo así. Segundo, si no puedes ser un artista, entonces puedes ser un revolucionario. Olvidé la tercera opción”.


© Derechos Reservados 2004 Compañía Anónima EL UNIVERSO. Todos los Derechos Reservados