En Quito, varios equipos femeninos de fútbol siguen entrenando al igual que en el resto del país, con la intención de convertirse en futbolistas profesionales. Para ellas este deporte es una filosofía de vida.
Le dicen La Sombra igual que a Giovanni Espinoza, defensa de Liga de Quito. Y, como él, juega en la misma posición, pero en Sociedad Deportiva Aucas. Cuando se presenta, mira de frente, aprieta la mano con firmeza y habla claro: “me llamo Lorena Borja y juego al fútbol desde que tengo uso de razón”.
Graciosa, arriesgada, ágil y fuerte, esta ibarreña de 24 años, madre de dos niñas (Evelyn de 10 y Michele de 5) tiene un sueño: convertirse en futbolista profesional. Para ello trabaja con vehemencia y disciplina, características que, a su entender, son fundamentales en cualquier deporte.
La Sombra, actual seleccionada de Pichincha, quien, hasta hace poco, trabajaba como empleada doméstica, es una de las cientos de ecuatorianas que practica el balompié “por puro gusto”.
En Ecuador, cada vez son más las mujeres que saltan a las canchas con soltura y valentía. “Y no solo eso. Ellas se preocupan en mayor medida que los hombres por la técnica y por respetar las reglas”, analiza el réferi Édgar Álvaro, quien ha arbitrado por una década partidos masculinos y femeninos, del barrial y parroquial.
Álvaro también asegura sentirse cómodo pitando cualquier encuentro; pero, admite sentirse más tranquilo “entre mujeres”, porque “son menos agresivas, impulsivas y juegan más limpio”.
La Sombra dice que esa forma de actuar responde, tal vez, a que para ellas, el juego está primero en la cabeza y, luego, en las piernas. “Respetar al juez es un asunto de principios, no solo porque se trata de una autoridad y porque sin él todo sería un caos, sino porque nos conviene como equipo”.
Lorena demuestra tener clara la relación entre grupo y berrinche. “Si por pelear con el árbitro nos quedamos con menos jugadoras, la posibilidad de un gol en contra es más alta. Entonces, lo mejor es calmarse y continuar. Claro que, a veces, si dan unas ganas de…”. Se muerde los labios, retuerce las manos y demuestra que una cosa es controlarse y otra, pretender ser una santa, más aún en un juego tan apasionante como el fútbol, en el que siempre la apoyan sus hijas.
Una práctica solvente
Son las 14h20 y las futbolistas del Colegio Menor San Francisco de Quito se preparan para enfrentar a sus contrincantes del Ortega y Gasset. De sus mochilas sacan camisetas y pantalones cortos azul marino, medias blancas, zapatos de pupos y canilleras.
La mayoría de jugadoras tiene el cabello largo y lo recoge con moños, trenzas y colas de caballo algo imperfectas. Algunas, no descuidan el rímel, el delineado de ojos, el carmín en las mejillas y la pintura de labios en varios colores.
El pitazo de la entrenadora
Mercedes Mendoza avisa a las chicas del Colegio Menor San Francisco de Quito que es hora de concentrarse para calentar. Estiramiento de piernas, trote y algunos ejercicios de velocidad ponen a punto a la selección Sub 15 que está dispuesta a golear a las visitantes.
Las deportistas del Ortega y Gasset llegan media hora más tarde de lo acordado (el partido debía empezar a las 14h50) y, apuradas, se ubican en sus posiciones.
El árbitro da inicio al encuentro y empieza un juego entusiasta, pero con poca velocidad, cabeceos temerosos, algunos buenos toques de balón y unas cuantas caídas. “¡Dale Mecheee!”, grita un grupo de desesperadas alumnas del Ortega y Gasset, al ver que su equipo no logra salir del espacio de las contrarias. Pero, no hay forma, las representantes del Menor demuestran una técnica más depurada, mayor resistencia y valor para atacar. Todo esto confluyó para su triunfo: 8-0 fue el marcador final.
La profesora Mendoza está satisfecha con el desempeño de sus pupilas, “pese a que en el primer tiempo estuvieron flojas”.
Mendoza se dedica, con conocimiento de causa, al entrenamiento de estas jóvenes que se esfuerzan por aprender la disciplina de Maradona, de Pelé y de la mexicana Maribel Domínguez que ahora juega en el Barcelona de España.
Nacida en Salinas, Meche, como le conocen en el colegio, juega hace siete años en la Universidad Católica y comenzó cuando tenía 6 años de edad (ahora tiene 31).
Igual que La Sombra, Meche fue de esas niñas que, cuando crecía, prefirió las pelotas de fútbol a las muñecas. Sus primeros compañeros de equipo fueron sus hermanos y, en cierto momento, llegó a superarles en la cancha.
Admiradora del fútbol brasileño, en general, y de Ronaldinho, en particular, esta deportista de cepa (fue basquetbolista de El Nacional y de la Universidad de Las Américas) siente que la percepción de hombres y de mujeres respecto del juego femenino de fútbol ha cambiado en los últimos años. “Cuando yo empecé, nos decían de todo. Pero, ahora, por fin, ya se está entendiendo que este es un deporte como cualquier otro y que, por tanto, las mujeres podemos practicarlo con solvencia”.
Con este criterio coinciden las principiantes del Menor, las del Ortega y Gasset, y las más experimentadas de Sociedad Deportiva Aucas. Las actitudes de estas mujeres en los partidos, en los entrenamientos, con los árbitros y con los directores técnicos demuestran que para ellas, el balompié es más que patear un balón: es una filosofía de vida, una alegría auténtica, una comunión perfecta donde lo que importa es jugar bien.