En las tardes el sol hace brillar los techos de zinc en las cooperativas Santiaguito Roldós y La Fragata, en el sur de la ciudad. Dentro de las viviendas de caña da la sensación de que la temperatura sobrepasa los 40 grados centígrados.
Huyendo del calor, un grupo de seis niños del sector se baña en el estero Viernes Santo que divide a estas dos cooperativas. Aprovechan que la marea está baja y deslizan sus delgados cuerpos en medio de esas aguas negruzcas y llenas de basura en las orillas.
Pero esa basura y el mal olor en el sector no les preocupa. “Mi piel está curtida, dice mi papá, y ya no me enfermo”, expresa Víctor Rodríguez, de 13 años. A él lo que le preocupa es recoger la mayor cantidad de conchas, ostiones y mejillones para “tener algo de plata y comer en la casa”.
A Rodríguez lo observa Enrique Álvarez, de 14, quien tiene su cuerpo embarrado de lodo. En sus manos sujeta una bolsa de yute en la que almacena sus mariscos.
Son las 16h00 de un jueves y ya ha terminado el juego. A Joel Peralta, de 10 años y piel canela, lo acompañan otros pequeños, entre ellos, David Herrera, de 14, Édison Herrera (13), Mario Peñafiel (14) y Jefferson Maya (14). Cada uno tiene como consigna recoger aproximadamente cinco libras de mejillones o conchas.
Vestidos solo con pantalonetas y entre bromas, los menores se acercan a la orilla.
Allí, en medio de bolsas de basura, envases, fierros, trapos, plásticos y maderas, sumergen sus manos en la superficie lodosa y con una habilidad adquirida a su corta edad recolectan sus moluscos en pocos minutos, pues deben ganarle tiempo a la marea que comienza a subir.
El producto de sus dos horas y más de trabajo va a parar a manos de sus padres, comerciantes de los mercados de la zona y dueños de cebicherías del sector, quienes preparan sus platos para venderlos especialmente en las mañanas.
Wilmer Yagual, quien vive con sus padres en la cooperativa Santiaguito Roldós, cerca de la estación de la línea 56, también trabaja como conchero. Dice que vende cada libra de mejillones a 50 centavos y la de conchas y jaibas a un dólar a doña Meche (no recuerda su apellido), quien prepara cebiches en su barrio.
En el otro extremo del estero se encuentra, con el agua hasta los muslos, Gregorio González, de 60 años. Este hombre desprende los mejillones impregnados en las cañas que sirvieron de bases a varias casas que fueron desalojadas hace varios meses por el Municipio, que tiene previsto convertir a la zona en el parque ecológico Viernes Santo.
González no habita en el sector, él llega desde las calles Octava y Gómez Rendón a trabajar en esta zona. Vestido con unas botas de caucho, pantalón jean y camisa manga larga, relata que recolecta mejillones en los esteros que bañan a la ciudad. Así se ha ganado la vida en los últimos 20 años.
Este hombre, que asegura no haberse enfermado pese a que se ha sumergido por mucho tiempo en aguas contaminadas, reúne diariamente de 12 a 15 libras de mejillones que las vende a comerciantes del mercado de las Almas (calle Séptima), cercano a su casa.
En el horizonte se ve el sol que parece ocultarse detrás del primer puente de la vía Perimetral, y eso le recuerda a González que debe salir del agua y regresar a su casa. Se echa sus dos sacos al hombro y transita por medio de caminos lodosos hasta la calle, por donde pasa el bus de la línea 35 que lo lleva al Batallón del Suburbio, donde toma el transporte que va hasta su hogar.
Mientras, en el otro extremo, Joel, David, Édison y demás amigos caminan a sus casas con sus bolsos y su carga al hombro. Una carga que, paradójicamente, aliviana en algo su vida, les da respiro.
Mañana volverán para pelearle al tiempo de la marea, al lodo, la basura acumulada, el hallazgo de lo que, a sus tiernos años, es su razón de ser.