Cuando deciden emigrar, muchos padres de familia confían el cuidado de sus hijos a las abuelas, quienes se hacen responsables de su crecimiento, pero en ocasiones la ayuda que ellas les dan no es suficiente para que los niños y jóvenes alivien la pena de ver partir a otros países a sus progenitores. Entre las consecuencias están bajo rendimiento en los estudios, rechazo a las órdenes que reciben y hasta comportamientos groseros con sus tutores.
Una anciana que distribuye responsabilidades
En una vivienda construida con materiales de adobe y teja hace más de 50 años, Juana Rojas, abuela de Nelly y de su hermano Diego, de 12 años, el domingo por la noche compartían la merienda: una porción de arroz con arvejas, pollo frito y un vaso de cola.
En este ambiente familiar, los niños recordaban el día en que Zoila, su mamá, de 35 años, decidió emigrar a EE.UU.
Esta familia, en la que la abuela se constituye como jefe de hogar, cada miembro asumió diversas responsabilidades domésticas para una mejor organización.
Mamá Juana, como la conocen en el barrio Blanco de San Joaquín (Cuenca), representa a sus nietos en la escuela, colegio, catecismo y en cualquier lugar que ellos requieran. “Ella es mi madre porque me crió desde que nací, incluso antes que mi mamá se vaya a Estados Unidos”, afirmó Nelly Rojas, de 17 años, al referirse a su abuela, mientras le arreglaba cariñosamente una de sus trenzas.
Juana Rojas se encarga de administrar el dinero que su madre envía cada mes para fiambres y otras necesidades generadas por sus estudios. “Ahora les doy entre 20 y 30 dólares mensuales y les debe alcanzar para sus recreos o sus golosinas, antes les daba la plata cada día, pero me sacaban más de la cuenta”, expresó.
Para esta mujer, que cumplió 61 años en noviembre pasado, el azadón, pico y pala no dejan de ser sus principales herramientas de trabajo, pues ella continúa labrando la tierra, criando chanchos, gallinas y cuyes, con lo que se gana la vida.
Los nietos también la ayudan en el cuidado de los animales y la tierra especialmente los fines de semana, también la ayudan en las cuentas cuando tras la cosecha los productos están listos para la venta.
Ella, a su vez, les prepara el desayuno y el almuerzo, pero la merienda la hace Nelly y le ayuda Diego, esto cuando no salen a realizar tareas con sus compañeros en las tardes, además son los nietos los que deben lavar la vajilla después de la comida en la noche y arreglar la cocina.
A la abuela le gusta que ellos sean ordenados, por eso les obliga a tener sus cuartos arreglados, no pueden salir de la casa sin tender camas y barrer la casa, de la ropa se encarga cada uno, comentó Diego. Pero los problemas los asumen entre todos.
El año pasado Juana estuvo a punto de morir, cuando Nelly fue intervenida quirúrgicamente para extraerle unos ganglios que le crecieron en el pecho.
La acompañaba a las visitas médicas, a los exámenes en diferentes centros de salud, “Nelly estaba mal y después de cada análisis clínico quedaba muy débil, a mí solo me tocaba recostarme a su lado y darle fuerzas”, señaló.
Este hecho unió más a esta familia, los tres coinciden en que desde entonces son más cariñosos entre sí, se cuidan más.
“Lo único que les prohíbo es salir en la noche, por los riesgos que en la actualidad se corren, por lo demás confío en ellos y mientras sean responsables pueden hacer lo que gusten”, aseveró Juana.
Los niños extrañan a Zoila, pero aceptan que ella está lejos, “esperamos que mi mamá realice sus sueños y algún día vuelva por nosotros”, dijo Nelly abrazando a su madre abuela. Una abuela que no puede con las tareas de la escuela.