Existen amaneceres que se presentan espectaculares, como también hay ocasiones en que al ocultarse el sol, el cielo se tiñe de los colores más fantásticos.
Amanecía pues, mientras a bordo de un barco de turismo crecía la expectativa de lo que nos esperaba al otro lado del sol, la roca erguida en medio del azul, solitaria, pintándose de amarillo y rosa de luz naciente.
Navegábamos rumbo a Roca Redonda, sitio de anidación de cientos de aves marinas. Un pasajero corrió hasta el puente de mando para informarnos, muy emocionado, que había identificado un petrel de Galápagos, especie única a las islas, y muy poco avistada (solamente existen mil individuos).
Tomé el micrófono para compartir con los demás el descubrimiento del ave inusual, y comencé a contar sobre los cazadores de ballenas de los años 1800. “Qué suerte que ya no pasan esas cosas”, dice otro pasajero, que no para de tomar fotos de la roca, cada vez más cercana y más hermosa.
Cuando el sol ya ha inundado de luz todo el horizonte, divisamos dos barcos al otro lado de la roca. “Qué pena que no estamos solos”, fue el comentario de una pasajera.
Les expliqué que Roca Redonda es un importante sitio de buceo. Bajo el agua se observan cientos de tiburones que llegan a ser “limpiados” por pececitos más pequeños, que se alimentan de sus parásitos. La topografía submarina es tanto o más espectacular que lo que vemos sobre el agua, con fumarolas de gases calientes a 30 metros de profundidad.
Pero al acercarnos a los otros dos barcos, entendemos que uno es un barco de buceo, y el otro un barco pesquero. “¿Pescando en sitio de vista?”. Respondo que no, que seguramente han anclado para pasar la noche. “¿Y qué hacen entonces las cuatro pangas moviéndose a toda velocidad alrededor de la roca? “Parece que arrastran algo”.
Ante estos comentarios no me queda más que enfrentar la realidad. El pesquero Paraíso, de la isla San Cristóbal, estaba en efecto pescando en zona de visita, es decir, donde está definitivamente prohibido hacerlo.
Las cuatro pangas, e incluso el barco madre, arrastraban líneas con anzuelos y carnada para capturar atún, y sin importarles nuestra presencia, seguían en faena, como prueba latente de que ya no les queda ni siquiera un poquito de vergüenza a los que infringen las leyes en este archipiélago.
El barco de buceo esperaba pacientemente que dejaran de pescar para poder mandar a sus pasajeros a explorar el mundo submarino. ¡A qué hemos llegado!
En varias ocasiones en el pasado fuimos testigos de actividades ilegales similares, e inmediatamente las reportamos al Parque Nacional. Esta vez hicimos lo mismo. A través de los canales de comunicación marítima, llamamos a la caseta del Parque estacionada aproximadamente a 30 millas al sur de Roca Redonda. Ellos tienen lanchas rápidas para tomar acción. No obtuvimos respuesta, cuando en ocasiones anteriores la respuesta ha sido inmediata.
Los pescadores en cambio sí nos escucharon, balbuceando burlas a través del mismo canal de comunicación. Ellos saben que Galápagos está abandonado al caos, que no hay autoridad en el Parque Nacional.
Cómo respetar una organización que ha tenido ocho directores desde principios del 2003, entre interinos y oficialmente posesionados. Antes había control y patrullaje. Hoy reina la anarquía.
La gente valiosa que contribuyó de alguna manera a la protección del archipiélago ha sido despedida del Parque. ¿En manos de quién está el Servicio Parque Nacional Galápagos? Una organización que históricamente había antepuesto intereses de conservación, a intereses políticos o intereses personales.
¿Cómo no van a hacer lo que les da la gana los pescadores, impunemente, cuando todo el mundo está haciendo lo que quiere en estas islas?
Se organiza un torneo de pesca deportiva en febrero, cuando esta actividad aún no ha sido regulada. El Parque no responde. Según la Capitanía de Puerto Baquerizo el Parque autorizó el evento como excepción y por única vez (Galápagos, la tierra de las excepciones. ¿De qué sirve la ley, si se inventan excepciones?).
Mientras tanto, más de 17 yates pescaban en la Reserva Marina. Recibimos reportes de que algunos ni siquiera permitían a los científicos viajar a bordo para verificar que los especímenes eran liberados en forma apropiada. Varios de estos yates visitaron tierra, sin guía, sin permiso. Otro ejemplo de que no hay autoridad, no hay orden ni conciencia.
Esto es lo que ve el mundo, hay testigos en cada pasajero que visita las islas, en cada habitante de este archipiélago. Si seguimos impávidos, sin designar gente recta y capacitada para dirigir las principales organizaciones encargadas de cuidar nuestras islas, Galápagos no verá más hermosos amaneceres.