El proceso de la desindustrialización en Europa ha tenido consecuencias terribles para muchas ciudades que fundaron toda su actividad alrededor de la industria durante décadas. Pero este mismo fenómeno las ha obligado a cambiar rápidamente. Bilbao, la capital económica del País Vasco, es un ejemplo de esto.
Esta ciudad, antes gris y contaminada por su gran actividad industrial, no era precisamente el centro de interés de los turistas. Pero en 1997 un hecho cambió el curso de esta historia, la inauguración del Museo Guggenheim, justamente sobre los terrenos donde se encontraban los astilleros y la industria pesada. El hecho no es casual, fue un proyecto impulsado por la administración vasca dentro del plan para diversificar la economía y revitalizar la ciudad.
El Guggenheim sin lugar a dudas simboliza este cambio de Bilbao. Su estructura en piedra caliza y titanio supermoderna no choca para nada con el entorno de la vieja ciudad y el hecho de que se encuentre al borde del río, 16 metros por debajo del nivel de la urbe, es tal vez una de las razones. El visitante entonces, para entrar, debe bajar una enorme escalera de piedra en lugar de subirla, como ocurre normalmente en los grandes edificios. Es como si uno se adentrara en un mundo distinto y la verdad, es perfecto para prepararse al placer de las exposiciones de arte moderno que allí se presentan a lo largo del año. Pero además, este edificio compuesto de una serie de volúmenes interconectados y de formas diversas, unos octogonales y otros curvados y retorcidos, es sobrio y de una belleza exquisita. De noche parecería una gran escultura que surge del agua o se funde en la colina del fondo, según de dónde se lo mire. Enorme y acogedor al mismo tiempo, el interior se conecta con la ciudad gracias a los grandes ventanales que dan al río. El arquitecto Frank O. Gehry se las arregló para que todas las salas tengan luz natural, lo cual hace que el ambiente sea más agradable.
Las grandes paredes blancas lo hacen el lugar perfecto para exponer las obras más diversas del arte contemporáneo y las espaciosas salas permiten las instalaciones más osadas, tan de moda de nuestros días.
Pero el Guggenheim es solo el punto de partida de un vasto programa para Bilbao, al que se unió la construcción de hoteles de lujo, un centro de convenciones, un nuevo sistema de metro y la reconstrucción del aeropuerto, entre otros. Bilbao entonces ha pasado de ser un centro industrial a una ciudad cultural y de servicios. Urbanizar las antiguas zonas industriales es parte de este proyecto.
Bilbao Ría 2000
Para emprender en la renovación de las grises y tristes zonas industriales, las diferentes instituciones estatales del País Vasco formaron una sociedad anónima, Bilbao Ría 2000. El principal proyecto que emprendió esta empresa es Abandoibarra, un barrio moderno de negocios, en pleno corazón de la ciudad, y que comprende una buena parte de la ribera del Nervión con el Guggenheim como punto de partida. Lo que antes era una zona a la que ni siquiera se tenía acceso, ahora se ha convertido en un lugar lleno de vida donde se puede dar un paseo a lo largo del río. Es el caso del Paseo de Ribera, lleno de espacios verdes y caminos que invitan a contemplar la ciudad, correr un rato o sentarse bajo el sol a leer un buen libro. Para no olvidar lo que fue, dentro del parque se colocó una colección de esculturas, el Paseo de la Memoria, que recuerda el pasado industrial de Bilbao. El paseo puede continuar a través de otra de las obras nuevas, la pasarela Pedro Arrupe, que permite pasar a pie de una ribera a otra del río. Aparte de su forma singular, lo que más sorprende es la mezcla de materiales. La pasarela es de madera en el interior y de acero por fuera, con lo cual se logra un contraste de modernidad y calor de tradición al mismo tiempo.
El visitante puede también descubrir otro barrio de Bilbao que, seguramente, hace algunos años no representaba ningún atractivo para los turistas, Bilbao la Vieja. Se trata de una zona histórica y tradicional, pero que se degradó a lo largo de las últimas décadas. En ella se encuentran los viejos muelles de la ciudad, que han sido renovados y el resultado vale hacer un desvío. Es también un lugar de paseo, pues se construyó un balcón de madera que se adentra un poco en el río, en forma de voladiza. Y para corroborar la voluntad de hacer de Bilbao una ciudad cultural, a lo largo de los 450 metros del paseo se colocaron textos literarios alusivos a la ciudad, uno para cada siglo de su existencia.
Todo esto es lo nuevo que ofrece Bilbao, pero por supuesto, no se puede olvidar el casco antiguo de la urbe, con sus calles estrechas y sus casas de balcones de madera en las que uno puede perderse durante horas. Y claro, hay que tomar el aperitivo en cinco bares distintos en la noche, con lo cual uno podrá gozar de la hospitalidad de los vascos, que son una mezcla interesante de amabilidad y ese orgullo que los caracteriza. No está demás aprender a decir "adiós" en euskera, ósea "agur" para seguir el principio de que a donde fueras haz lo que vieras.