Si el anhelo es el pulmón de las conquistas, quizás los desafíos sean el espejo que la vida usa para mostrarnos nuestro verdadero rostro, nuestro potencial interior y nuestra real energía, para darnos un par de alas y las ganas de volar dejando atrás lo que somos, intentando descubrir aquello que podemos llegar a ser.
Y los retos pueden aparecer en cualquier momento, en cualquier lugar, aunque solo son visibles para los valientes que se atreven a aceptarlos y conquistarlos. Por eso no es extraño que los desafíos floten sobre las aguas del estero Salado cada vez que la veintena de jóvenes miembros de la Federación Ecuatoriana de Canotaje entrenan impulsados por el espíritu olímpico resumido en la frase en latín Citius, altius, fortius (más rápido, más alto y más fuerte), que los motiva a practicar diariamente de 07h00 a 11h30 y de 15h00 a 17h30.
Paladas de gloria
Y esos deportistas nos enseñan que los desafíos pueden crear hombres nuevos. Solo así podemos explicar que hace 18 meses el joven Michael Solano era un guayaquileño común cuya única afición era jugar fútbol con sus amigos en una cancha en su barrio Urbanor. Sin embargo, hoy es uno de los dos medallistas dorados por Ecuador en el XXI Sudamericano de Velocidad de Canotaje y Kayak, realizado en la ciudad de Guayaquil en diciembre pasado.
Todo comenzó para Michael cuando un entrenador amigo de la familia lo llevó al Club Náutico del Salado a ver una competencia internacional de canotaje. Entonces, confiesa, fue amor a primera vista. “Me encantó el kayak desde ese mismo día; porque es una disciplina diferente, poco conocida, que requiere de mucha fuerza y constancia”. Una constancia que no desmayó en este joven de 18 años ni siquiera cuando no tenía dinero suficiente para dirigirse a sus entrenamientos, o cuando tuvo que mezclar sus prácticas con sus estudios en el colegio Vicente Rocafuerte. Pero su gran recompensa llegó en el Sudamericano de diciembre pasado.
“Estuve muy nervioso porque era mi primera carrera internacional, pero cuando escuché que mis entrenadores me dijeron ‘sal y gana’ sentí que podía hacerlo”, indica este joven que dice estar muy agradecido con su familia, y que no sigue ninguna dieta especial. “Solo desayuno, almuerzo y meriendo de forma normal, así somos los chicos de barrio”, indica.
Michael ha cambiado en los últimos 18 meses, al igual que lo hizo Kelly Hernández, una atleta con una rodilla quirúrgicamente reconstruida tras un accidente en la pista que, tras haber entrenado innumerables horas para rehabilitarse, hoy es seleccionada de su país en este deporte acuático que también la recibe como instructora de juveniles.
“Yo era una corredora de 110 metros con vallas, hasta que me fracturé la rodilla durante una competencia. Mi lesión me obligó a abandonar el atletismo, pero por suerte conocí el kayak y me gustó inmediatamente”, recuerda esta joven que dice haberse caído al agua “un millón de veces” desde que comenzó a practicar esta actividad hace 14 meses, lo cual también significa que volvió a subirse al kayac “un millón de veces” hasta que pudo controlar el equilibrio.
En sus inicios Kelly entrenaba en las aguas del Parque del Lago, sitio donde la selección practicó durante tres años, pero que debieron abandonar debido a que los deportistas dedicaban un promedio de tres horas diarias solo en transporte. “Preferimos dedicar ese tiempo a entrenar y no a viajar en el bus”, afirma el argentino Sebastián de Césare (22 años), ex seleccionado de su país que entrena al equipo ecuatoriano desde junio del 2003.
Sobre las condiciones del estero Salado para la práctica del canotaje, De Césare afirma que son las adecuadas. “Los deportistas necesitan el agua para remar, no para tomarla”, explica este argentino que en su país practicaba en el río Tigre, “que está mucho más contaminado que el estero Salado y sus aguas se vuelven heladas durante el frío invierno bonaerense. Y si de esas turbias aguas han salido campeones argentinos, del estero Salado también pueden salir campeones ecuatorianos”, afirma.
Sin embargo, muchos de los seleccionados aún extrañan los tiempos en que, tras la práctica, se daban un chapuzón en las aguas del Parque del Lago, lo cual nadie se atreve a repetir en su nuevo sitio de entrenamiento. “Aunque cuando la marea está alta no se nota tan sucio; solo con la marea baja observamos basura flotando, e incluso animales muertos como perros o ratas”, comenta Ossian Frydson (27), analista de sistemas que pertenece a la tercera generación de nadadores en su familia, pero que hace tres años decidió cambiar la brazada por el remo. “Simplemente me aburrí de nadar; creo que el kayak es más interesante, más difícil”, afirma este ex seleccionado nacional de natación que ahora trabaja para mejorar su técnica en la canoa. “Me falta soltura en la cadera”, asegura como uno de los problemas que lo hicieron quedar en último lugar en la primera competencia internacional que realizó, en octubre del 2003. Paradójicamente, Frydson consideraba retirarse del canotaje después de ese torneo, pero al tener tan mala presentación pensó que no podía decirle adiós “sin haber hecho nada importante en este deporte”. Así que desde entonces entrena mucho más duro que antes para cumplir sus dos grandes propósitos: destacarse en los próximos Juegos Bolivarianos y clasificar para la siguiente Olimpiada. Tiene la edad apropiada para ello, porque los mejores momentos para los deportistas en esta disciplina suelen estar entre los 25 y 35 años.
Pero, lo mejor es comenzar desde muy jóvenes, tal como hoy lo hace Dustin Rivera (12), estudiante de la Academia Naval Almirante Illingworth que hace cuatro meses renunció a la natación para seguir los pasos de su hermano Jonathan (17). Por eso actualmente los hermanos Rivera salen de su casa en la ciudadela Pájaro Azul a las 06h00, toman un bus que los deja en el colegio Vicente Rocafuerte y luego caminan durante 20 minutos hasta llegar puntuales al Club Náutico del Salado, ubicado junto a la ciudadela Bellavista. Entonces se unen a la selección nacional para hacer sus ejercicios físicos y remar regularmente hasta el estadio de Barcelona o, en dirección contraria, rumbo al puente 5 de Junio. “No solo es un deporte exigente que requiere de mucha constancia, también es muy divertido”, cuenta Dustin, quien junto a sus compañeros suelen ser inquiridos en el malecón del Salado por peatones curiosos que les gritan desde lo lejos: “¿qué deporte es ese?”. “Canotaje”, responden ellos, sin descuidar el entrenamiento y el entusiasmo que diariamente les permite ser –olímpicamente hablando– “más rápidos y más fuertes”, pero sobre todo, más felices y mejores seres humanos.