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Un ministro es, ante todo, un fusible que protege a la función Ejecutiva. Su misión principal es ejecutar las políticas dictadas por el Gobierno al que pertenece. Por eso, si bien es perfectamente legítimo que se granjee la simpatía popular, el camino para llegar a esa meta debería ser la del trabajo bien realizado: construir carreteras y puentes, ampliar la cobertura de salud o dar impulso al desarrollo de la producción.
Si el país no asume estos conceptos y no le exige a los funcionarios públicos que respeten esa regla del juego, estaremos sentando un precedente peligrosísimo: los presidentes ya no tendrán colaboradores sino potenciales rivales y aspirantes a sucesores.
Quien perdería con eso sería el país. Una nueva institución, en este caso el Gabinete presidencial, se habrá convertido en una máquina para alcanzar objetivos personales y no para consolidar tesis o programas.
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