LA a meta de Senefelder es convertirse en la empresa líder de las artes gráficas del país. Su trabajo se consolida con el quehacer diario de sus 290 empleados.
La invención que en 1796 hiciera el austriaco Alois Senefelder, conocido como el padre de la litografía, caló hondo en el imaginario del cuencano Wilfrido Moreno. Con tres máquinas: una plana de imprimir y dos prensas auxiliares instaló el 21 de febrero de 1921 el primer pequeño taller de Artes Gráficas Senefelder, donde operaban alrededor de 30 personas, en un edificio de la céntrica calle Boyacá.
Treinta y un años más tarde, el manabita Teodoro Alvarado Olea ingresa como accionista de la empresa. Tras la muerte de Moreno, son los descendientes de Alvarado quienes continúan sentándose en los sillones de la presidencia y la gerencia de la compañía que este año cumple 85 de fundación.
Por su antigüedad y variedad de servicios, Senefelder es reconocida como una de las empresas más importantes del país en la impresión de material promocional, cajas de cartón corrugado, etiquetas, cuadernos, libros, empaques para exportación de camarones, formularios continuos, cheques de 16 bancos con más de 20 sistemas de seguridad y las revistas del grupo de Editores Nacionales (ENSA).
Luis Jiménez Alvarado, su actual gerente general, cree que la principal fortaleza de la compañía es estar presente en el 80% del mercado ecuatoriano: "Mantenemos una cartera de 1.500 clientes nacionales y 120 más que consideramos vip o exportadores. Además tenemos oficinas en Perú, Chile y Centroamérica lo que representa el 15% de la facturación mensual", afirma.
Ese crecimiento en la demanda de los clientes y la falta de espacio los obligó a adquirir nuevas instalaciones y algunas maquinarias modernas. Un traslado que realizan de a poco desde la Av. Domingo Comín, en el sur de Guayaquil, a Durán. Con una inversión de casi cinco millones de dólares, a los 290 empleados que hoy tiene la empresa los albergará una nueva casa de 30.000 metros cuadrados desde el mes de abril.
Entre ellos estará Juan Pablo Gutiérrez. Con su cuerpo delgado y su lento andar de 89 años a cuestas, pasa por escritorios y oficinas para entregar la correspondencia. Luego de 60 años de labores en Senefelder, sus actividades se han restringido. Cuenta que por 48 años fue cobrador de la firma y cuando intentó renunciar por enfermedad, los dueños no se lo permitieron por cariño, pero le asignaron menos trabajo.
"Entré ganando un sucre con 50 centavos como operador de maquinaria, luego andaba con mi maletita cobrando las facturas, gracias a ello logré tener mi casa e hice profesionales a mis tres hijos. Ahora con la jubilación y mi sueldo recibo cerca de 700 dólares", recuerda este hombre de Paján, Manabí.
El nombre de Guido Cabrera se ubica en la parte medular de la empresa. Él es operador maestro y controlador de las ocho impresoras de la planta. Su visto bueno a los detalles y los colores es lo que esperan los demás operarios para encender las máquinas. Cabrera cuenta que hace 45 años, cuando lo contrataron trabajaba como muchacho de mandados, "para que cargara los cuadernos. Luego aprendí viendo a los demás, cómo era el proceso de impresión".
Por su mirada pasan los empaques de la mayoría de productos que luego forman parte de la vida cotidiana: la etiqueta de la botella de aceite, la cajita de papas fritas del fin de semana, las bolsas de regalos de las cadenas de almacenes o los cuadernos de los estudiantes.