El paralítico de quien hoy nos habla el evangelio de la Misa fue, sin duda, un hombre afortunado. Tenía cuatro amigos admirables. Cuatro amigos que le trasladaron, llevando la camilla entre los cuatro, hasta el sitio donde se encontraba el Médico Divino.
Estos cuatro improvisados enfermeros, cuando vieron que la puerta principal estaba taponada por la muchedumbre, decidieron transportar al tetrapléjico hasta la azotea, y descolgarle ante Jesús abriendo el techo.
Como era de esperar, Jesús se entusiasmó con la potente fe que demostraban los amigos. Y sin que nadie le pidiera nada, le dijo al paralítico lo que el enfermo deseaba oír: “Hijo, tus pecados quedan perdonados”.
A pesar de la solemne absolución que Jesucristo había dado, nadie dijo una palabra: ni el absuelto, ni los cuatro amigos, ni el resto de los asistentes. Pero algunos personajes de cultura superior, en concreto unos escribas, dijeron para sus adentros: “¿Por qué habla este así? Blasfema.
¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?” Tenían toda la razón cuando afirmaban la exclusividad de Dios en relación con el perdón de los pecados. Pero no se convencían, por más que lo probaban sus palabras y sus obras, de que en aquel Jesús de Nazaret, como San Pablo escribiría en su momento, “habitaba la plenitud de la divinidad corporalmente”. Y justamente por ello, para que descubrieran su Divinidad y su poder de perdonar al hombre pecador, les dijo a los escribas:
“¿Qué es más fácil: decirle al paralítico ‘tus pecados quedan perdonados’, o decirle ‘levántate, coge la camilla y echa a andar’? Los escribas no dijeron nada.
El público tampoco. Los amigos aguardaron convencidos de que acabaría el mal de aquel sufrido. Pero el hombre tetrapléjico, que solo ansiaba andar para tener la certidumbre de que había sido perdonado, no pensaba en sus dormidos miembros sino en su amor a Dios.
Solo le importaba estar seguro de que su pasado estaba aniquilado. Jesús habló después de unos segundos. Primero, señalando a los escribas que lo hacía para que pudieran comprobar que no mentía. Y después, mandándole al enfermo: “Contigo hablo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. Y ante el asombro de todos, el ex tetrapléjico se levantó, se echó al hombro la camilla, y enfiló la puerta.
Los que la taponaban se apartaron para abrirle paso. Los presentes le observaban como si fuera extraterrestre. Porque según nos testifica el evangelio: “se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: nunca hemos visto una cosa igual”.
(Cf. Marcos 2,1-12). Cuando pienso en la alegría de aquel hombre ex tetrapléjico, en la alegría de saberse enteramente perdonado, pienso en mis confesiones.
En que me da la certidumbre, hasta el punto en que es posible, del perdón de mis pecados. Y lleno de alegría como el ex enfermo, agradezco a mi Señor que me haya dado el Sacramento de la Penitencia.