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Feliz es el niño porque no tiene conciencia del tiempo que pasa. Todo lo sorprende, nada lo asombra. Ve las cosas diminutas al hallarse cerca de ellas. Suele detenerse cuando se dirige a cualquier parte porque lo infinitamente pequeño, lo excesivamente grande llama su atención: el ruido de una cascada, el resplandor del Sol, las gotas de lluvia, una hormiga que corre sobre la pared, un beso que da a una persona querida. No experimenta apuro de llegar a ningún lado: absorben su tiempo los seres y las cosas que atraen su mirada.
Nos hacemos adultos, nos graduamos, escogemos una “carrera”, pero la palabra significa a la vez profesión y correteo. Volamos lo más pronto posible hacia riquezas sin valor duradero: el dinero, el auto veloz, la ropa llamativa, las novedades atractivas. Deseamos tener lo que poseen los demás, más aún lo que no alcanzaron. Ser más que los demás es acumular bienes en vez de acopiar experiencia.
Si no te detienes en sembrar ternura cuando besas, solo recogerás placeres efímeros. Si tomas como meta de tus demostraciones amorosas la culminación del deseo, despertarás con la sensación de no haber saciado tus más importantes anhelos. La ternura dura siempre. Un beso en los ojos es como un sello de luz. Cada poro de la piel puede comunicar con el alma.
Si tienes la sensación de haber alcanzado a Dios y te conformas con rezarle pidiendo favores, correrás el riesgo de perderlo de vista. Si no te detienes cuando llegue disfrazado de cualquier ser humano, pasarás de largo sin reconocerlo. Si no te detienes para contemplar una puesta de sol bajo el pretexto de que ya la viste ayer, recuerda que nunca son iguales los milagros cuando uno disfruta el privilegio de presenciarlos.
Si no te detienes para dar mérito a tus enemigos, nunca aprenderás las lecciones que podrían ofrecerte. Si no te detienes para admirar el amor que la vida ofrece en envases minúsculos, seguirás soñando con el amor superlativo que solo existe en cuentos de hada, telenovelas baratas, afirmaciones absurdas de quienes presumen ser totalmente dichosos al conformarse con su exclusiva felicidad.
Siempre habrá en tu camino alguien llorando en busca de consuelo, una criatura que te mirará con curiosidad sin que lo percibas. Si no te detienes en buscar la vida dondequiera, morirás sin jamás descubrirla. Hay tiempo para acariciar las plantas, palpar la corteza de un árbol, mirar a un perro a los ojos, regar semillas, verlas brotar, crecer, estallar en flores multicolores. La monjita se desgasta en múltiples faenas pero sabe quedarse horas arrodillada para valorar el tiempo más allá de cualquier prisa.
La velocidad nos priva del placer de la contemplación, de la meditación. El amor huye despavorido cuando se lo persigue con prisa para poseerlo a la fuerza. Se halla en cualquier esquina del camino esperando que lo miremos a los ojos. También se anida dentro de ti. Es como un beso bajo la lluvia. Solo cuando el alma se vuelve esencial nos olvidamos del agua que cae sobre nuestra cabeza. |