Washington Terán tiene 23 años y vive en el Guasmo Sur. Por las secuelas de una poliomielitis que le afectó en su infancia tiene dificultad para mover sus extremidades inferiores. Hoy cuenta con un trabajo en el centro de Guayaquil, pero no con las facilidades para transportarse en buses, porque no siempre le paran. Por eso en más de una ocasión ha tenido que valerse de sus amigos, familiares o particulares para que los carros detengan su marcha y lo lleven.
Cuando recuerda esos momentos él no se amarga, más bien sonríe como tolerando la discriminación de que ha sido objeto. Pero quien sí se enoja y frunce el ceño con los recuerdos es su amigo y compañero de trabajo Omar Zambrano, quien es como el escudo de Washington a la hora de detener un vehículo para transportarse. "A veces hasta tiene que esconderse para que el carro pare. Aunque en ocasiones sí hay choferes que paran solo con verlo en el paradero", dice.
El problema de Wacho, como lo llaman en casa, no termina ahí, porque cuando se sube al bus tiene dificultades para entrar porque no puede caminar bien sin sus bastones, lo que le ha hecho marcar dos veces el sensor. En esas situaciones ha recibido reproches y malos tratos de los conductores, que dicen trabajar a pérdida con situaciones como esas.
En días pasados, Gonzalo Paredes, presidente de la Asociación de Discapacitados del Guayas (Asodis-G), exteriorizó la incomodidad que siente el grupo que lidera cuando tiene que pasar por el sensor. Para él eso favorece solo a unos, pero no a quienes tienen una movilidad reducida en las piernas, como Wacho.
Una situación similar vive Luis Quijije, quien no cuenta con el brazo derecho y tiene dificultades para subirse o bajarse de los buses, que siempre obligan a los hombres a descender a la carrera. Por eso fue que hace poco tiempo se cayó y se lesionó un tobillo, lo que le impidió trabajar por varios días. Él, que vive en Petrillo y trabaja en Guayaquil, experimenta una situación similar en los transportes intercantonales que utiliza a diario.
Pero el maltrato en el transporte urbano no solo recae sobre los discapacitados, sino también en estudiantes y personas de la tercera edad. Mercedes Rosero, quien tiene 69 años y diariamente viaja desde el suburbio oeste hasta el Mercado de Caraguay, siente que los conductores evitan recogerla por cuanto ella paga solo el 50% del pasaje.
Pero Napoleón García, de la cooperativa Nuevo Ecuador, defiende a los transportistas y sostiene que si algún chofer evita trasladar a estudiantes, discapacitados o ancianos es por su propia irresponsabilidad, por lo cual debe ser sancionado. Para eso el usuario tiene que denunciarlo en la compañía correspondiente.