Y aunque uno de nuestros deberes es formar a los hijos para que sean libres, lo grave es que lo que ellos entienden por tal no es lo que los convertirá en seres libres. La libertad que nuestros hijos exigen hoy es algo así como una licencia para hacer lo que les dé la gana, o sea lo que sus reacciones y apetitos o la cultura y sus amigos los invita a hacer.
Sin embargo, ser realmente libres es poder obrar como les dicta sus creencias, ideales y principios. Así, la verdadera libertad de los hijos dependerá de que sean amos, dueños y señores de sí mismos, es decir, que puedan autocontrolarse para que no sean sus impulsos o apetencias los que determinen lo qué harán de su vida.
Formar hijos libres exige que los padres sirvamos de controles externos mientras ellos desarrollan los controles internos, es decir, los criterios y la fuerza de voluntad para gobernarse por sí mismos. Poner controles externos significa establecer normas de disciplina en la familia y hacerlas cumplir, con consecuencias claras para quienes no las observen. Es gracias a los límites que estas reglas le imponen a la conducta de los hijos que ellos van aprendiendo a dominar sus impulsos para obrar de acuerdo con lo que es correcto y apropiado. Los niños que crecen haciendo lo que les viene en gana no solo son un dolor de cabeza para sus padres y maestros, sino que terminan por carecer del autocontrol o fuerza de voluntad que impedirá que vivan esclavos de sus reacciones e instintos.
Además, para formar hijos libres urge que les permitamos desde pequeños hacer sus cosas y arreglar sus problemas. Cuando estamos sobre ellos para ordenarles todo, solucionarles todo y hacer todo por ellos, no les damos el espacio que necesitan para que encuentren quiénes son y para dónde van, ni para que aprendan a arreglárselas por sí mismos. Además, impedimos que crezcan con confianza en sí mismos y en sus cualidades y talentos, y son estos, no nosotros, los que les permitirá lograr lo que se proponen alcanzar en la vida.
Por último, para formar hijos libres es también imperativo que les sembremos una profunda fe en Dios; les cultivemos ideales nobles y les inculquemos sólidos valores morales. Solo en esta forma serán realmente libres para orientarse por creencias y principios que los lleve por el buen camino; libres para ser ellos mismos y que no vivan tratando de ser lo que les dará prestigio ante los ojos de los demás; libres para obrar de acuerdo con lo que su conciencia les dicta y no como sus meros apetitos los empuja. Y libres para tomar decisiones que los lleve a alcanzar sus sueños y a ser los protagonistas de su propia historia.