La imagen de Narcisa de Jesús se ha convertido desde hace más de tres décadas en una fuente de empleo en Nobol porque genera comercio y turismo.
En los alrededores del santuario de Nobol el olor a incienso y a sahumerio atrae a los devotos que visitan a la beata Narcisa de Jesús, desde diferentes rincones del Ecuador.
Sobre los parterres de las avenidas Juan Fernández y Tomás Martínez, donde se ubica el santuario de la sierva, decenas de comerciantes instalan carpas y mesas llenas de objetos alusivos a la beata para el comercio.
Rosarios, escapularios, llaveros, gorras, calendarios y figuras se ofrecen desde 50 centavos hasta 3 dólares, dependiendo de la calidad del material con que se elabora. De lunes a viernes se aprecian pocos vendedores por la escasa afluencia de fieles.
La demanda crece los domingos, manifiesta Pedro Chamaida, un albañil guayaquileño que desde hace siete años aprovecha los días que no hay trabajo en la ciudad para madrugar a Nobol.
En un bus de la cooperativa Pedro Carbo, este vendedor llega al santuario a las siete de la mañana y comienza a ofrecer sus estampas desde las ocho hasta las cinco en que se retira.
Los domingos su trabajo se inicia dos horas más temprano, a las seis, y se prolonga hasta las seis de la tarde. Teresa Romero es otra guayaquileña que tiene su negocio desde 1986.
Ella tiene más que ofrecer a los peregrinos, por ejemplo, libros con las oraciones de Narcisa para cada necesidad.
Así, las hay para la salud, el trabajo, el estudiante, el chofer o una general para pedir cualquier clase de favor. Las estampas con las plegarias están entre las más vendidas, le siguen las imágenes y los portarretratos que se adquieren en Ipiales (Colombia), solamente mediante pedidos.
“La ganancia es relativa. En un día ordinario el negocio puede dejar entre 20 a 50 dólares, lo que se triplica un domingo o feriado”, expresa Chamaida.
Los clientes varían. Provienen de todas partes del país e incluso del extranjero, especialmente de Colombia y Perú. También se aprecia a muchos visitantes que están a punto de viajar a Italia o España, quienes acuden en busca de una imagen de la devota.
En total, cada fin de semana asisten unas tres mil personas, especialmente foráneos. Los turistas no solo aprovechan para visitar el santuario, sino que también disfrutan de platos típicos como la fritada, el maduro con queso y la chicha de jora.
Esta afluencia de peregrinos también contribuye económicamente al mantenimiento del santuario, donde se ubican unos trece depósitos para ofrendas.
Con el dinero recaudado de los devotos, no menos de 25 centavos por cada uno, se cubren los gastos de mantenimiento como agua y energía eléctrica, además del pago de los diez empleados, explica Jaime Cedeño, rector del complejo religioso, quien prefiere no decir la cantidad de ingresos por las ofrendas.