Fernando Katukina es el jefe de una tribu indígena que vive en gran medida sin agua corriente, electricidad ni vínculos con el mundo fuera de ese remoto rincón del oeste amazónico.
Pero el jefe Fernando dice poseer un tesoro que podría estar a la vanguardia de la biotecnología. Si su plan tiene éxito, la suerte de su tribu será transformada por un activo que, según él y el gobierno brasileño, encierra una gran promesa para la industria farmacéutica global: la baba de una rana venenosa de árbol.
Los chamanes de la tribu han usado la baba como un remedio ancestral para tratar enfermedad, dolor y hasta la pereza. Los ingredientes cruciales tienen propiedades medicinales anestésicas, tranquilizantes y otras. Los científicos dicen que la promesa yace en aislar péptidos de la baba de la rana y luego reproducirlos para medicamentos para tratar la hipertensión, embolias y otras enfermedades.
El jefe Fernando ya goza del respaldo del gobierno de Brasil, que ve la baba de la rana como una manera de hacer avanzar significativamente su propia investigación y desarrollo en los farmacéuticos. En particular, el desafío científico de la rana, conocida localmente como kambô, incrementará el dominio de Brasil en la farmacogenómica —el uso combinado de la genética y la farmacología— y saca provecho del conocimiento tradicional de pueblos indígenas.
“El conocimiento tradicional puede ayudar a la medicina moderna y generar beneficios económicos significativos”, dijo Bruno Filizola, coordinador técnico del proyecto y biólogo en el Ministerio del Ambiente en Brasilia, capital de Brasil.
La dimensión indígena también es crucial porque Brasil, como otras naciones en vías de desarrollo, trata de defenderse contra lo que percibe como biopiratería: el robo de recursos biológicos de los hábitats nativos del país para su uso comercial. Aunque el proyecto aún está en sus primeras etapas, y muchos inicios frecuentemente demuestran ser falsos, equipos de unos 20 científicos buscan financiamiento inicial de cerca de un millón de dólares de más de una docena de universidades locales, gobiernos estatales y agencias federales.
Los investigadores brasileños no han olvidado el caso de la jararaca, la víbora amazónica. Squibb, el gigante farmacéutico, empleó el veneno de la serpiente para desarrollar captopril, medicamento para la presión arterial que comenzó a vender en 1975. Aunque está disponible en su versión genérica desde 1996, en su cúspide comercial, el medicamento fue el producto de mayores ventas para la compañía, que ahora es parte de Bristol-Myers Squibb con sede en Nueva York, al obtener ingresos brutos de 1.600 millones de dólares en 1991.
“Debido a errores pasados”, dice un documento del Ministerio del Ambiente de Brasil, “el captopril no es brasileño”.
Brasil tradicionalmente ha sido lento en desarrollar su llamado patrimonio genético: las plantas y animales dentro de su territorio y el potencial que ofrecen para ganancias. El documento del Ministerio también lamenta el histórico rezago en investigación del país y la consiguiente pérdida de miles de millones de dólares en ganancias potenciales de farmacéuticos.
Un panorama general del esfuerzo conocido como Proyecto Kambô, escrito por un equipo de investigadores en el Ministerio del Ambiente, dice: “El patrimonio genético nacional podría ser la clave para la transformación de Brasil en el contexto global político y socioeconómico”.
Los países en vías de desarrollo cuestionan los derechos de extranjeros para explotar sus productos obtenidos localmente. La kambô primero despertó la atención entre investigadores extranjeros hace décadas. Algunos de los compuestos del veneno, secretado a través de la piel de la rana, incluso han sido patentados en el extranjero.
En marzo, dos científicos de la Universidad Federal de Acre visitaron la reserva de la tribu cerca de la frontera peruana. Ahí, dos chamanes accedieron a administrar el remedio kambô, conocido en portugués como la “vacina do sapo”, o “vacuna de rana”.
El biólogo Reginaldo Machado se encontraba de pie junto a un chamán de más edad, quien tocó tres veces el hombro del científico con el extremo al rojo vivo de una rama. El otro chamán, con otra rama en la mano, untó entonces el pegajoso veneno parecido al lodo en cada una de las pequeñas quemaduras.
Machado, ya presa del dolor por una recaída de cálculos renales crónicos, salió vertiginosamente segundos después de la cabaña de madera, sufriendo bochornos, náuseas y dolores de estómago. Diez minutos después, regresó. “Me siento más fuerte”, dijo. “Esto no es sólo un mito”.