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¿Por qué nadie se mete con la televisión? ¿Por qué el descontento con el contenido de ciertos programas se extiende y nadie reacciona? ¿Cómo así los candidatos ni siquiera la mencionan? La razón más importante, sin duda, es que se trata de un medio de comunicación poderoso, y los políticos le temen o, peor aún, cuentan con su complicidad.
Pero hay una razón técnica igualmente importante. Ocurre que la televisión no es un producto comercial cualquiera. Los canales de televisión abierta no nos venden un servicio a un precio establecido. No hay el intercambio de un servicio por dinero. Y ocurre que en las sociedades de libre mercado, el precio es casi el único mecanismo que existe para evaluar la conveniencia de una compra. Por eso en las sociedades de libre mercado solo ciertos bienes son gratuitos: la salud, la educación, la justicia. En nuestro país, paradójicamente, todo eso se paga, pero no la televisión abierta. Eso no significa que la televisión sea gratis. La pagamos con nuestro tiempo. Y allí está la trampa, porque es relativamente sencillo calcular en qué gastamos nuestro dinero, pero no ocurre lo mismo con el tiempo; fácilmente nos pueden hacer creer que lo hemos invertido en algo valioso, cuando muchas veces no es así.
Para complicar aun más el problema, la televisión no se desarrolla solo por el esfuerzo privado de los empresarios; los canales necesitan de una frecuencia, y hay un número limitado de frecuencias. Es un fenómeno parecido al del petróleo, que solo se lo puede extraer en ciertos lugares del planeta. Por eso la televisión es cara (como lo es el petróleo), porque hay allí una ganancia extraordinaria (renta, la llaman los economistas) que proviene de este hecho de que las frecuencias constituyan un oligopolio natural.
¿Cuáles conclusiones podemos sacar? Muy sencillo, que las normas que deberían regular la televisión no pueden ser iguales, ni siquiera parecidas, a las que en general se aplican a otros medios de comunicación. Se requiere de regulaciones más precisas, más exactas, más severas.
En España, por ejemplo, se discute en estos momentos con qué plazo de anticipación los canales deberían anunciar su programación. La polémica es muy dura porque una vez anunciada la programación, se la debe respetar celosamente, so pena de durísimas sanciones. En nuestro medio, los canales cambian su programación a cada instante y el televidente nada puede hacer.
Asimismo, en Estados Unidos los programas reciben una calificación para que el televidente sepa a qué atenerse, y los programas no aptos para niños no pueden transmitirse sino en ciertos horarios. En nuestro medio hay una regulación de protección al menor que nadie cumple.
Pero el mecanismo más importante es la regulación que puedan establecer los propios televidentes, algo que no es sencillo de organizar porque el televidente, como el lector, no nace, se hace. El lenguaje televisivo hay que aprenderlo. De allí la necesidad de críticos de televisión, de estudios obligatorios en colegios y universidades, y de un debate lo más amplio posible, que debería ser transmitido por los medios de comunicación, incluyendo por supuesto la propia televisión.
Lamentablemente, solo algunos canales hacen un esfuerzo por mejorar. La mayoría, como los banqueros corruptos, lo único que saben es enfermarse del hígado cuando el público critica las porquerías que nos ofrecen. |