Los hechos que les voy a comentar sucedieron hace unos días. Era la última noche de una semana espléndida en el Club Med de Trancoso en el nordeste de Brasil. Durante seis días con sus noches disfrutamos con un grupo de amigos de ese lujoso resort de cuatro “tridentes”, la categoría más alta entre los doscientos complejos que tiene el Club Med en todo el mundo.
Jugamos fútbol y tenis, recorrimos los dieciocho hoyos de su campo de golf frente al mar, gozamos del sol y la arena, comimos ostras y camarones a diario y bebimos decenas de caipiriñas en la discoteca del club.
Una semana casi perfecta.
Casi. Era la última noche, la de la despedida. Luego del show en el teatro, con casi cuatrocientas personas en el público, salimos hacia la sorpresa que nos había anunciado Aziz, el chef du village. En la puerta del teatro nos esperaba una doble fila de antorchas.
Eran los G.O.’s, los gentile organizateurs , los bellos empleados que comparten la vida con los turistas que son desde 1950 la característica más particular de esta cadena mundial nacida en Francia. Varios de ellos eran, después de esos días de placer, casi amigos.
Caminamos entre las dos hileras sonriéndoles. Nos dirigíamos hasta el borde de la piscina donde había una gran mesa con cuatrocientas copas de champán formando una gran pirámide. Aziz se subió a un pequeño escenario y comenzó a hablar mientras un grupo vaciaba las botellas del espumante francés en las copas.
Al minuto de comenzar su discurso, miró hacia un lado y se sobresaltó. Todos giramos la cabeza hacia ese lado. Una lengua de fuego de más o menos un metro había comenzado a quemar uno de los quinchos a la salida del teatro. Seguramente una de las antorchas había tocado la paja sin que nadie se dé cuenta y el fuego, aunque parecía poco, alarmó a los presentes.
The horror show
Alguien corrió a buscar un extinguidor pero no alcanzó a parar el pequeño foco de incendio. Varios de los empleados comenzaron a armar una de las mangueras del sistema de incendios del club pero la presión del agua no era suficiente.
El fuego ya tenía una decena de metros y se acercaba peligrosamente al teatro que también tenía techo de paja. Mientras algunos corrían con baldes de agua, otros comenzaron a tratar de sacar la paja de la galería que conectaba ese quincho con los seis quinchos del restaurante. Pero el peligro estaba en otro lado.
Empujado por el viento, el fuego devoró el teatro y comenzó a dirigirse hacia el área de administración. En menos de media hora el fuego había tomado los más de mil metros cuadrados de la administración, los tres pisos del spa, el gimnasio, la boutique y se dirigía al bar, una estructura imponente de casi 30 metros de altura y otro tanto por cada lado que habíamos alabado durante toda nuestra estadía. Unos pocos empleados trataban de derrumbar la galería que iba a llevar el fuego hasta allí.
Nos enteramos de que los bomberos estaban en camino desde el cuartel más cercano a ¡40 minutos de viaje! Los huéspedes nos íbamos alejando corridos por el calor. Todos hacíamos fuerza para que el fuego no llegase al bar.
Los ayudantes del servicio corrían por todos lados tratando de salvar muebles y otras cosas menores. Algunos lloraban y, como nosotros, se tomaban la cabeza a cada instante, un gesto que es tan curioso como natural y que merece un estudio.
La del Dante
Pero el fuego llegó al bar. En bastante menos de una hora, antes de que llegue el primer bombero, todo a nuestro alrededor ardía. Alejados casi hasta el acantilado que da al mar, mirábamos azorados ese espectáculo que cualquier columnista pomposo calificaría de “dantesco” sin jamás haber leído La Divina Comedia.
Sabiendo que no había peligro, nos asombrábamos con el fuego gigante mientras evitábamos que se desperdicie el champán de nuestra despedida. Recién pudimos ir hacia nuestras habitaciones a la madrugada.
Dormimos unas cuatro horas. A la mañana siguiente llegamos al lugar habitual del desayuno caminando entre los palos humeantes y los bomberos que estaban terminando su trabajo.
Los anfitriones ya no eran tan lindos luego de la larga noche pero conservaban la simpatía. Aziz nos habló a todos. Nos dijo que no había que lamentar nada que no se recupere. “Nadie fue lastimado y el seguro está para cubrir esas pérdidas”, dijo.
Ya se estaba organizando el sistema de traslado de los turistas que arribaban ese día a otros clubes (el Med tiene dos más en Brasil) y se preparaba la evacuación del personal. Varios G.O.’s se acercaron a despedirnos. Era un rara sensación.
Tal vez todo esto interese poco, pero todavía estoy impresionado de lo que vi y me cuesta escribir de otra cosa. Además, acaso sirva para que algunos de los cientos de lugares con estructuras de madera y paja en toda la Costa ecuatoriana tengan algo más de cuidado. Se los recomiendo.