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El teatro tiene justos motivos de celebración en lo que va del año, ya que, ¿cómo olvidar las desventuras y final felicidad de Rui Díaz de Vivar y de doña Ximena o la separación de Tito y Berenice, los desarraigos y la plenitud de conciencia de Nora ante Helmer o el fatalismo de la señora Alving frente a su hijo, o los inevitables encuentros y desencuentros de Vladimiro y Estragón, Hamm y Clov, en citas y abandonos que son irremediablemente eternos?
Con Corneille se inicia el teatro nacional francés y algo más. Este algo más no es otra cosa que la aplicación en la escritura teatral de las unidades contempladas en la Poética. El Cid es muestra de esta aplicación y por eso es una tragedia de envidiable estructuración aristotélica, perfecta en este punto, como muestra de humor y metáfora del arte como vida es La comedia de las visiones. Escribió: “Dentro de un mes, dentro de un año cómo sufriremos/ Señor al que tantos mares me separan de ti/ que el día comience y que día fenezca/ sin que jamás Tito pueda ver a Berenice” en la tragedia del mismo nombre. Poesía de reflexión, poesía de añoranza, meditada, equilibrada, sin el apasionamiento del Racine de Fedra, por supuesto, pero de enorme calidad dramática.
Con Ibsen, el mundo teatral advino a una modernidad que se echaba de menos y el naturalismo hacía su irrupción en el escenario nórdico casi al mismo tiempo que con las experiencias de Strinberg. El pecado, las enfermedades sociales y morales van, sin embargo, a abrirse paso hacia la condición de la mujer en ese personaje que sin cesar cautiva a las actrices y que es Nora, la muñeca del padre, primero, del esposo y luego de los hijos varones en una sociedad cerrada hacia el honor familiar. Nora descubrirá su condición de ser humano en la de mujer, y luchará por ella en Casa de muñecas, así como el doctor Stockmann se enfrentará a su hermano en razón de lo que hoy se llama políticas de salubridad en Un enemigo del pueblo.
Con Beckett, el teatro del siglo XX alcanzó su punto de referencia y de culminación en un mismo conjunto de obras en que Esperando a Godot y Final de partida son sus vértices sobresalientes. El abandono de la persona a una irremisible soledad que le lleva del hueco que es el útero materno a ese otro que es el de la fosa, en que el intermedio, la vida, no es sino un espacio a llenar con ideas, ilusiones, esperanzas, etcétera, es un testimonio crudo de un autor para quien la condición humana había sido rebajada a número, a esquema, a una sinrazón que nos condena y nos niega. Estos seres desarraigados pero tremendamente humanos son, a la vez, clowns de sus destinos, inevitables personajes de esta ya extensa e indistinta comedia humana.
De Pierre Corneille se celebran los cuatrocientos años de nacimiento, de Henrik Ibsen los cien de su muerte y de Samuel Beckett los cien de nacimiento. Pero más allá de estas efemérides está la constante sombra de ellos que es, en verdad, una permanente presencia a la que no solo quienes hacen o gustan del teatro recuerdan, sino todos aquellos para quienes el arte es, quizá, la más auténtica manifestación de una dignidad y de una acción que nos muestra en una verdad e integridad irrefutables.
Después de todo, esa es, sin duda, la razón de ser de lo humano. |