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Censan selva tropical árbol por árbol

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En la isla Barro Colorado, en Panamá, se inició un estudio masivo de árboles en 1980. El proyecto se amplió a otras 17 parcelas y tres millones de árboles alrededor del mundo.
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Junio 18, 2006

Por NANCY BETH JACKSON

En 1979, a dos ecólogos en universidades del Medio Oeste estadounidense se les ocurrió un plan audaz. Querían obtener derechos exclusivos a la cumbre de Barro Colorado, isla de investigación de 16 kilómetros de largo, que se había convertido en uno de los lugares más estudiados en la Tierra.

La isla, una reserva biológica en el Canal de Panamá, era administrada por el Instituto Smithsoniano de Investigación Tropical. Los dos científicos, Robin Foster, en ese entonces de la Universidad de Chicago, y Stephen P. Hubbell, de la Universidad de Iowa, se acercaron a Ira Rubinoff, director del instituto, y le propusieron mapear y medir todos los árboles cada cinco años para monitorear los cambios poblacionales y poner a prueba teorías en conflicto sobre la diversidad en las selvas tropicales.

Su audacia radicó en que pidieron que todas las otras investigaciones científicas en su terreno fueran prohibidas, para impedir que minúsculos germinados de árbol fueran aplastados por las botas de estudiosos.

“No estaba muy contento al respecto”, recordó Rubinoff, pero accedió después de escuchar sus argumentos. Midieron a pasos una parcela de 50 hectáreas, que el año siguiente se convirtió en la primera de una red global de terrenos donde los científicos estudian el destino de tres millones de árboles de la selva.

La red es dirigida por el Centro para la Ciencia de la Selva Tropical, creado en el instituto en 1990, y coordina otras 17 parcelas ahora llamadas “observatorios de la Tierra”, en África, Asia y Latinoamérica, con más previstas para el futuro.

Richard Condit, director científico del centro, ha monitoreado los efectos de la sequía en Barro Colorado sobre dos especies de árbol desde que llegó como estudiante de postdoctorado en 1988. Condit ha encontrado que dos especies, comunes a lo largo de la costa oeste de Sudamérica, declinaron “más rápidamente de lo que cualquiera imaginó.

“Lo sabemos porque podemos mostrar información detallada con mucha precisión”, dijo Condit. “Con la escala de 25 años de observar la selva, sabemos que las selvas y otros sistemas naturales cambian y pueden hacerlo muy rápidamente”.

Los datos de las parcelas han proporcionado la base para una abundancia de análisis. La revista Nature llamó al libro de Hubbell, The Unified Neutral Theory of Biodiversity and Biogeography (La teoría neutral unificada de biodiversidad y biogeografía), publicado en 2001, “la biblia de la neutralidad”, teoría que sugiere que el azar determina la supervivencia de las especies, más que la adaptación exitosa a un nicho ambiental. Antes de que comenzara la investigación en Barro Colorado, la mayoría de las parcelas dedicadas al estudio de la selva tropical estaba en Asia, medía menos de una hectárea y estaba dedicada a mejorar la cosecha de madera más que a investigar la manera en que se regeneran las especies.

Foster, que ahora trabaja en el Museo Field de Historia Natural, y Hubbell, ahora en la Universidad de Georgia, buscaron una área mayor para explicar la migración de los árboles y la gran diversidad encontrada en todas las selvas tropicales.

Su laboratorio al aire libre les permitió estudiar 300 especies y unos 300 mil árboles a partir de plántulas de menos de un centímetro de circunferencia hasta los gigantes de la bóveda forestal.

Cuando los biólogos llegan al terreno, trabajan solos, rara vez son molestados porque el área sigue prohibida para la mayoría de los científicos y los pequeños grupos de turistas a los que se les permite visitar la isla.

El trabajo es intensivo, castigador para las rodillas cuando se miden plántulas y requiere escalar cuando se necesita registrar la circunferencia de un árbol sobre raíces apuntaladas. Pero en el sitio madre, el mayor peligro que enfrentan los investigadores son las picaduras de niguas.

En otros terrenos, que se extienden alrededor del Ecuador como un cinturón, la ciencia de las parcelas toma dimensiones tipo Indiana Jones. En la profundidad de la selva, los científicos pueden encontrar enfermedades tropicales, picaduras tóxicas de hormigas, cobras escupidoras, contrabandistas e insurgentes armados.

Los sitios del Centro para la Ciencia de la Selva Tropical, con un total de 470 hectáreas, monitorean seis mil especies, o aproximadamente sólo el 10 por ciento de todas las especies conocidas de árboles tropicales.

Mapear y medir los árboles individuales a lo largo del tiempo y en todos los continentes ayudará a los científicos a tener una comprensión más clara de cómo afectará el cambio global a las selvas y qué se debe hacer al respecto.


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