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Edición del DOMINGO 18 de Junio del 2006 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Los cucuves de Española
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Paula Tagle (nalutagle@yahoo.com)

Son bulliciosos, curiosos, territoriales y además encantadores. Los veo como pequeños pilluelos que se la pasan brincando de roca en roca, de mochila en mochila sin la menor vergüenza”.

Casi una de las primeras especies con que uno se topa al desembarcar en Punta Suárez es el cucuve de Española (Nesomimus macdonaldi). Salen al encuentro de guías y turistas, no importa la nacionalidad, ni el barco, ni la hora. Es como si estuvieran a nuestra espera. ¿Será que con el tiempo han aprendido a asociar al ser humano con agua fácil de obtener?

Puede ser que algunas personas, muy en contra de las reglas del Parque Nacional, les hayan proporcionado este maravilloso fluido transparente. O que buscan lo que se condensa en el exterior de las cantimploras frías de los visitantes; esas pequeñas gotitas ya representan un tesoro para los sedientos pájaros. En todo caso no significa que sin esta provisión extra de agua los cucuves se vayan a morir; han sobrevivido por millones de años en las mismas condiciones, sin nuestra ayuda.

Ellos obtienen el líquido  de lo que se alimentan, semillas, insectos, y en general comen lo que se les cruce. Cuando llueve, beben de pocitas de agua que se acumula en las depresiones y vesículas de rocas basálticas. Se han reportado cucuves bebiendo sangre de lobos heridos, “cucuves vampiros”, y también los he visto aprovechándose de heridas abiertas en las colas de iguanas marinas.

Son generalistas, cualquier cosa es buena para alimentarse, y quien haya visitado Española en época seca puede entender bien el porqué de esta estrategia, ya que no hay muchas opciones de alimento para un ave terrestre en esta isla. ¡Pero los cucuves definitivamente se las arreglan!

Son bulliciosos, curiosos, territoriales y además encantadores. Los veo como pequeños pilluelos que se la pasan brincando de roca en roca, de mochila en mochila sin la menor vergüenza.

Hace un tiempo una niña de apenas 12 años de edad descubrió que los cucuves formaban “cooperativas de reproducción”. Me refiero a la hija de un par de científicos, Peter y Rosemary Grant,  que han estudiado por más de treinta años los pinzones de Darwin. La pequeña vino en muchas ocasiones con sus padres a acampar por semanas enteras en diferentes lugares de Galápagos.

Mientras los científicos hacían su trabajo, ella tenía sus propias tareas; una de ellas fue observar un nido de cucuves por varias horas y hacer anotaciones de todo lo que ocurriera. Al cabo de un tiempo la niña vino hasta su padre y le dijo “papá, este nido de cucuves tiene muchos padres distintos”. Había observado que diferentes cucuves adultos llegaban hasta el nido para alimentar a los polluelos.

Estos múltiples padres eran en realidad hermanos de los polluelos, porque los cucuves incluso cuando llegan a la adultez se quedan en el mismo territorio de sus progenitores y ayudan a criar a las siguientes generaciones. De esta manera terminan formando familias grandes de diez, hasta veinte cucuves, todos relacionados entre sí y trabajando en conjunto por el bien del “clan”. Después de todo, al ayudar a criar a los hermanos se está asegurando que un ser que comparte al menos la mitad de los propios genes vaya a tener mayores oportunidades de sobrevivir.

Así a veces nos topamos con “mafias” de cucuves, que despiadadamente protegen sus territorios. Toca de vez en cuando presenciar el enfrentamiento de “familias”. Se forman en línea recta, un representante frente al otro, y empiezan a dar cabeceos, a levantar la cola y a aletear desenfrenadamente como en intento diplomático de solucionar las diferencias. Pero si esto no resulta, se caen a golpes que pueden llegar a abrumar a cualquier espectador humano.

A veces varios cucuves caen sobre un único individuo y lo picotean en los ojos, en las alas, no le dan descanso. La gente tiende a sentir deseos de intervenir, pero hay que contemplar con respeto que cada especie ha llegado hasta donde está por sus propios medios y que no tenemos ningún derecho de alterar lo que ocurre en la naturaleza.

Pero hoy los cucuves nos han ignorado por completo. Dos se nos cruzaron por el sendero, a paso rápido, otro voló sobre un arbusto para espantar unos cuantos pinzones diminutos, parecía que de puras ganas de molestarlos; no hubo aterrizadas en los sombreros de nadie, ni acoso a las cantimploras, ni picotazos a las iguanas.

¡Hoy la naturaleza ha proveído! Ha llegado la garúa y los cucuves tienen agua que beber.

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