Las miradas se vuelven, ora túrbidas, confusas, inestables, titubeantes, irresolubles, ora desafiantes, fanfarronas, machistas, jácaras, bravuconas. Los borrachos pintados o despintados, por estar hechos unas cubas, se consideran polo de atracción, ombligo del mundo.
Aquellos seres se mandan al coleto cada día múltiples botellas de cerveza, aguardiente, vino, hablan solos, increpan a la humanidad entera, se plantan en media calle, escupen a un lado, aflojan el cierre de su bragueta, riegan el planeta con la soberbia de quienes se sienten dueños del mundo, desnudan su vapuleado subconsciente con un tranquilo impudor susceptible de traspasar las fronteras del bien, del mal, desatan la jauría de sus instintos. No habiendo censura social, religiosa, moral, se desahogan en la tapa del piano, lo que debería indignar a los melómanos.
Resulta excepcional hallar a un homínido capaz de comportarse como caballero una vez que se amollaron los cabos, se desmadejó el cuerpo, se resolvió el huracán intestinal en estruendosas ventosidades, la acidez gástrica en regüeldos agrios, eructos avinagrados. La voz sube de tono, se infla como vela de un barco: el discípulo de Baco se va al garete. No todo el mundo puede manejar la nave ebria de Arthur Rimbaud con adecuado lirismo.
Apoyando sus manos en las paredes de la cantina, la fonda de mala muerte, la residencia de buena vida, el borracho experimenta el maremoto, la resaca, el oleaje de la jumera. Interpela a los viandantes, carcajea, llora a moco tendido, expone tripas y desgracias, canta a voz en cuello jirones de bolero, desgrana rosarios de improperios, ofende sin darse cuenta, se golpea el pecho, subraya su sinceridad, asegura su afecto, insiste en su importancia. Puede ser agresivo hasta la trifulca, humilde hasta la cobardía, prepotente, cariñoso, viscoso, baboso.
Existen muchos sinónimos para caracterizar a quien se chinga sin pudor ni consideración: ebrio, mamado, bebido, potado, chumado, pluto. Los franceses denigran por gusto a los animales, a la gastronomía: saoul comme un cochon, comme une huitre, plein comme un boudin, un oeuf (borracho como un cerdo, una ostra, lleno como una morcilla, un huevo). Shakespeare pinta al beodo como “un ser sin temor ni cuidado frente al pasado, presente, futuro. La tierra puede temblar, el borracho se quiere inmortal”.
Los romanos, más creativos que nosotros, sabían dosificar con el lenguaje los diversos grados de la ebriedad: vinolentus (dado a la bebida), vinosus (aficionado), ebriosus (empedernido), ebriolus (un poco ido), bibulus (inocente mojador de garganta), potator (el gran bebedor), vino obrutus (etílico), vino gravatus (pesado, de mirada turbia), vino sepultus (derribado), vino madidus (impregnado como esponja).
El alcohol es el mejor psicoanalista del mundo.
Lo dijo Alberto Cortez. Desdichadamente, he visto hombres aparentemente inteligentes: políticos brillantes, finos escritores, volverse totalmente estúpidos, insolentes, groseros.
La peor indecencia asoma cuando se esfuma el barniz de la cultura mal asimilada, desaparece el yo civilizado, brota el animal escondido.
Beber una buena botella es respetar a quienes pasaron años de cuidado y vigilia hasta obtener lo mejor.
Cuando llega la borrachera, el vino se bebe al hombre, le hace escupir su verdadera personalidad.