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Lo mismo ocurre con las políticas de seguridad. No hay cambios. Muchas ofertas, pero escasas realizaciones.
Cuando se produce un hecho delictivo bárbaro, los ciudadanos se alarman y las autoridades civiles y policiales reaccionan. Acusan a los medios de exagerar y luego prometen lo primero que se sugiera.
Pero cuando la crónica roja regresa a la rutina, vuelve también la amnesia de lo que se ofreció.
A eso quizás se debe que la Subsecretaría de Seguridad no disponga aún ni siquiera de mobiliario, que sus oficinas permanezcan cerradas y que su titular no haya podido cobrar su sueldo, como si la marcha de las velas nunca se hubiese efectuado. Se acaban de anunciar los servicios de un asesor extranjero, otro más. Pero los asesores solo dan consejos. Las realizaciones prácticas no son su responsabilidad.
Ojalá no debamos esperar un nuevo crimen sangriento para que el círculo vicioso comience otra vez. De anuncios y promesas ya estamos saturados; lo que hace falta son estrategias, recursos y acción.
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