Los riesgos de hablar de una Jihad
Poco después de que la policía británica anunció haber desarticulado un complot para hacer estallar aeronaves al otro lado del Atlántico, el Presidente George W. Bush declaró que el asunto era "un recordatorio rotundo de que esta nación está en guerra con fascistas islámicos".
Funcionarios británicos, en cambio, se refirieron a los hombres en custodia como "participantes principales" y se rehusaron a hablar sobre sus motivos o ideología para no poner en peligro los "procesos penales".
La diferencia en estas caracterizaciones públicas iniciales fue reveladora: el Presidente de Estados Unidos recurrió a un lenguaje que reafirmaba que su país está enfrascado en una guerra global en la que sus enemigos están unidos por una ideología común, y un odio común a la democracia. Los británicos, por el momento, se adhirieron con cuidado al lenguaje moderado de la impartición de justicia.
Un debate crucial en Estados Unidos hoy en día, entre candidatos políticos y entre expertos en seguridad nacional, es si cinco años de declaraciones de guerra y acciones bélicas han ayudado a hacer que Estados Unidos sea más seguro. O, incluso considerando que no ha habido un ataque importante en suelo estadounidense desde el 11 de septiembre, ¿esta estrategia ha creado mayor peligro al proporcionarle a los grupos terroristas exactamente lo que anhelan: la idea de que son un ejército unificado de jihadistas? Y ¿ha radicalizado dicha estrategia a grandes regiones del mundo musulmán en formas inimaginables aun en 2003?
Para la Casa Blanca, el complot terrorista en Londres fue la primera evidencia de la estrategia bélica: los conspiradores querían atacar a los estadounidenses, con guerra o sin guerra en Iraq. Pero los críticos sostienen que fusionar la guerra mundial contra el terrorismo con Iraq tuvo el efecto de crear jihadistas nuevos, desde Indonesia hasta Walthams-tow, el área en la parte oriental de Londres donde se urdió gran parte del complot.
Inmediatamente después del 11 de septiembre, pocos cuestionaban si la estrategia de la guerra contra el terrorismo tenía sentido o no. La guerra en Afganistán degradó en gran medida la habilidad organizacional de Al Qaeda, aunque hubo indicios de que la red terrorista tenía vínculos con los sospechosos ingleses en el complot de Londres.
El Presidente Bush y el Vicepresidente Dick Cheney se burlaron de lo que ellos veían como el enfoque de impartición de justicia de los años de Bill Clinton.
Cheney recita rutinariamente una historia de complots terroristas contra los estadounidenses durante las dos últimas décadas, desde la destrucción de cuarteles en Beirut en 1983 hasta el ataque al buque USS Cole en 2000, todo lo cual, explicó, fue tratado como investigación policiaca, lo que envalentonó a los conspiradores del 11 de septiembre.
La prueba de la fuerza de voluntad estadounidense, han insistido Cheney y Bush, está en Bagdad, lo que explica por qué se apegan al lenguaje de que la capital iraquí es el "frente central" en la guerra contra el terrorismo y un dominó que Estados Unidos no puede permitir que se venga abajo.
La pregunta es si ese enfoque, y el lenguaje que lo acompaña, crea una trampa para el gobierno. "Todo se magnifica", dijo Stephen Cohen, experto en Medio Oriente en el Foro de Política de Israel. "Así como toda crisis pequeña alrededor del mundo era parte de la Guerra Fría, ahora todo es parte de la lucha entre el islam militante y Estados Unidos. Y eso hace que los conflictos individua- les sean más difíciles de resolver", y una inspiración para la jihad.
Washington ha intentado en ocasiones suavizar su mensaje. El gobierno proporcionó ayuda a víctimas del tsunami en Indonesia, en parte para recordarle también a la nación musulmana más grande del mundo que los objetivos de Estados Unidos van más allá de las operaciones de contrainsurgencia.
Pero esas operaciones militares son las que la mayoría del mundo observa todas las noches. Un misterio en el complot de Londres es si Al Qaeda lo incitó y si los sospechosos fueron motivados por imágenes militares televisadas.
Jon Wolfsthal, del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales, dijo: "Si pudiera interrogar a los sujetos que acaban de ser arrestados, querría descubrir quiénes eran y qué pensaban acerca de este tipo de ataque antes de Iraq, o después. Quisiera saber si están enojados con Estados Unidos desde hace mucho tiempo, o si estamos echando leña al fuego y creando nuevos extremistas. No quiero decir que Iraq esté bien o mal, pero toda acción tiene consecuencias".
En The Atlantic, James Fallows argumenta que las imágenes de la "guerra larga", una guerra que ya ha durado más que el conflicto coreano, son contraproducentes.
Para Bush, dejar de hablar de una "guerra larga" sería enviar el mensaje de que Estados Unidos puede volver a dormir. Por lo tanto, cada ataque o amenaza terrorista es entrelazada en el panorama más general de una lucha mundial.
Eso ayuda a explicar el reciente redespliegue de tropas estadouni-denses en las calles de Bagdad: retirarse pronto sería un regreso al enfoque fallido de los años 90. Sería otra Somalia, otro Beirut. El problema es si la permanencia ahí podría brindarle algo más a los jihadistas: una narrativa de un conflicto interminable, en una guerra que hay que librar en Bagdad, Líbano y en la clase turista de avión Boeing 747.