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Un encuentro de fe y turismo

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En la sombra de una ramada, junto al río Daule, los peregrinos descansan en hamacas, tras llegar a la hacienda San José, donde nació la beata Narcisa de Jesús.
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Agosto 20, 2006

Texto y Fotos: Jorge Martillo Monserrate

En la cuna de Narcisa de Jesús, los domingos confluyen las visitas al santuario, ya sea para pedir  o agradecer favores a la beata,  y la recreación en un ambiente natural y con platos típicos.

El número de peregrinos que llegan a pedir o a agradecer un favor concedido al santuario donde está Narcisa de Jesús se ve incrementado los domingos. Nobol, a 37 kilómetros de Guayaquil, los acoge con sus delicias gastronómicas y atracciones naturales. Los peregrinos llegan desde las seis de la mañana y suelen permanecer hasta las siete de la noche. La última, de las cuatro misas dominicales, termina a la seis.

A lo largo de la carretera están dispuestas mesas que ofrecen  maduro con queso, humitas, fritada, salchicha... Y restaurantes con especialidades típicas como seco de pato y gallina, bollo de pescado de agua dulce, arroz con menestra y carne, pollo o pescado. Y al filo mismo del asfalto, sacos con arroz pilado.

Sobre esta vía se encuentra Colita, su nombre es Fermín Álvarez, pero nadie lo llama así. "Soy hecho, nacido y criado en Nobol", afirma orgulloso. Vende jugos de frutas  hace 40 años,  pero su fama reside en la exquisita chicha de arroz o resbaladera que prepara. Antes vendía más porque no había competencia. Los que visitaban a Narcisa religiosamente se detenían en su puesto. "Ahora no hay billete y prefieren comprar una cola de dos litros". Un refrescante vaso de jugo o de deliciosa chicha cuesta $ 0,25.

Numerosos son los vendedores ambulantes de las delicias de esa santa parroquia. Con su bandeja al hombro, Plutarco Fajardo ofrece "bizcochuelos recién saliditos del horno". Afirma que este es el dulce tradicional de Nobol. Antes preparaban unos especiales "con huevos de matrimonio" -o criollos- pasas y en horno de leña. Para Elías Lozano, vender rosquitas de manteca es una tradición familiar, su padre y hermanos también lo hacen.

En una mesa de colores y leyendas llamativas, Gabriel Véliz vende queso por libras y con maduro asado.  "Este queso criollo es a  base de cuajo", aclara mientras ofrece a los paseantes una porción de queso clavada en la punta de su cuchillo.

Los domingos, el centro del turismo religioso es el santuario. Más ahora que el ascenso de Narcisa de Jesús Martillo Morán a los altares es un hecho confirmado por el Vaticano.

Los alrededores están pintados con los colores alegres de una feria de pueblo. Hay un frenético ir y venir de peregrinos. Numerosos puestos y tendidos ofrecen una amplia gama de objetos religiosos. No solo de Narcisa, pero todo gira alrededor de su imagen.

En la entrada del santuario, Gladys Chamaidán desde hace 30 años ofrece velas, estampas y escapularios de Narcisa y milagros, pequeñas piezas fundidas en plomo con diversas partes del cuerpo humano y otros motivos que representan lo que los creyentes esperan de la beata.

En la parte de atrás del santuario, el malecón a orillas del Daule y una hilera de puestos de comida, espera a los peregrinos. Allí María Cercado, que ofrece platos típicos, afirma que antes de  la noticia sobre la próxima canonización de Narcisa de Jesús, los tours  solo llegaban los domingos, pero ahora  también lo hacen los  sábados.

A pocos metros se ubican las canoas a motor que por $ 0,50  trasladan a los visitantes hasta la cercana hacienda San José, donde en 1832 nació Narcisa.

El paseo fluvial dura pocos minutos pero es ideal para disfrutar de la brisa, apreciar las antiguas casonas del malecón como también las tradicionales casitas de caña y el paisaje campesino.

También es posible visitar San José a bordo de buses y motocicletas y en el trayecto observar los verdosos sembríos de arroz.

Ya en la hacienda, una visita obligada es al árbol de guayaba, bajo cuya sombra se cree oraba la beata. La antigua hacienda se ha convertido en un balneario de agua dulce con ramadas provistas de hamacas para el descanso, música alegre y puestos que ofrecen comida.

En ese sitio  los peregrinos, transformados en bañistas, disfrutan en las mansas aguas del río hasta cuando cae la tarde y empieza el retorno hacia los lugares  de origen.


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