En Europa, franceses y belgas comían ya su porción de papas fritas, los ecuatorianos habas o motes, sándwiches de pernil, los alemanes salchichas de todo tipo, pero llegó el momento en que las multinacionales invadieron el planeta.
Un niño chino, japonés o ruso sabe perfectamente lo que significa McDonalds pero ignora cuál es la capital de su país. Dentro del fast food hay jerarquía, pues no se puede comparar una hamburguesa cualquiera con la sutileza de nuestros emparedados porcinos. El hot dog americano es una broma al lado del surtido increíblemente creativo de los embutidos alemanes.
De pronto nacieron las grandes cadenas de pollo “brostizado”, empanado, inevitablemente acompañado de papas fritas, gaseosa, helado superlativo formando un combo de poder calórico terrorífico capaz de llevarnos a la obesidad, la arteriosclerosis. ¡Pero nuestra gallina criolla sigue con su caldo celestial!
El show food es un espectáculo. El Beni Hana constituye un ejemplo. Lo que hay en el plato no importa sino el circo que realiza el chef haciendo saltar ingredientes por encima de los comensales, cortando legumbres como quien toca la marimba, luego sirviendo porciones como prestidigitador, mientras en el Mai-Kai bailan polinesias pulposas que distraen la atención, restan importancia a lo que hay en los platos.
Aquí en Guayaquil, nos limitamos a los postres flameados como la crêpe Suzette con Grand Marnier, el sushi del japonés Akai con salsa de anguila, en Samborondón. La llamarada azul monopoliza la atención. Después de todo somos niños grandes a la hora de comer.
El slow food es el retorno a la sabiduría. Los chinos al comer con palitos dan una buena lección pues con ellos no se atrapa de una sola una gran cantidad de alimentos. Si bien es cierto que el movimiento slow food (comida lenta) nació en Francia en 1989, Italia tomó rápidamente las riendas y podemos decir que la pequeña ciudad de Bra en Piamonte se ha vuelto el epicentro de aquel terremoto gastronómico.
Su feria de quesos atrae cada año a gente del mundo entero. Más de sesenta restaurantes piamonteses proponen los platos más típicos acompañados de vinos locales increíbles de apelación de origen controlada. Hay cursos para quienes quieren conocer las técnicas de caseificación. Aquel movimiento slow food se opone a los efectos degradantes de la industrialización, la estandarización del gusto, trabaja para salvaguardar las tradiciones culinarias, crear conciencia colectiva, incentivar un turismo atento, respetuoso.
Se busca combinar el placer de los sentidos con un profundo sentido de responsabilidad ecológica. Para ser gastrónomo hay que ir en busca de las cocinas locales, así como nosotros, en Ecuador tenemos nuestro slow food hecho con amor en todo el territorio, platos cocinados con esmero y amor.
Palabras francesas como mijoter o mitonner no tienen traducción pero expresan esta sutileza de platos realizados sin prisa. Epicuro en su casa prepara sus ingredientes multicolores, los mira, los huele, los dispone en los mesones, recuerda que Isabel Allende y Laura Esquivel supieron exaltar la relación inevitable entre el erotismo, la pasión, el buen comer.
El slow food es la cultura del paladar frente a la decadencia del fast food. El amor vuelve a las hornillas. Ni el amor ni el buen comer se llevan con el apuro.