Se pasaba correteando por los pasillos. Tenía siete años de edad cuando observaba a los grandes haciendo experimentos en la cocina. De allí salían los más ricos pasteles, helados, borrachitos o lengüitas de gato que haya probado en toda su vida… en su corta vida. “Quiero aprender a hacer eso”, pensó el pequeño José Ramón, refiriéndose al arte pastelero que su abuelo catalán llevaba en las manos y que selló en aquella dulcería desde sus inicios.
José Ramón Costa Costa se emociona al hablar de su familia. Conserva en la memoria tantas historias que a veces se pasa de una a otra sin darse cuenta. Actualmente está al frente de la Dulcería La Palma junto a su hermano Jaime. Guayaquileño de nacimiento, con 56 años edad, nació un 21 de enero del vientre de una mujer valiente que siendo ecuatoriana, le tocó vivir la guerra civil española en dicho país. Su padre, ya fallecido, le enseñó el valor del trabajo, de la honestidad y el dinero que se consigue con el sudor de la frente.
“Mi padre fue mi ejemplo. La rectitud de sus enseñanzas me encaminaron”, asegura Costa, quien empezó trabajando en el local desde pequeño, cuando su padre Ramón Costa, dejó de darle la mesada semanal. Aún siendo hijo del dueño, le tocó empezar desde abajo aprendiendo todos los oficios de una dulcería. “Para mandar hay que primero saber hacer las cosas”, le decía don Ramón. Por eso a José Ramón le tocó lavar platos, ser chofer, cajero e inclusive irse a España sin sueldo con tal de adiestrase como pastelero.
No recuerda cuánto era su sueldo al principio, no obstante cuenta que con ese dinero desde los 18 años empezó a pagarse los estudios universitarios, graduándose como ingeniero comercial, la misma profesión que sus dos hijas estudiaron.
Conocer la historia de La Palma es escudriñar en las mismas páginas de esta ciudad. Dicen que no hay guayaquileño que se enorgullezca de serlo y que no haya pasado por este lugar. Quizás algunos jóvenes lectores no lo conozcan, pero los jóvenes de antaño sí. Posiblemente allí celebraron sus cumpleaños, o quedaron flechados por la chica que iba a desayunar todos los domingos después de misa. Tal vez se escaparon del colegio para saborear los pasteles de carne o sencillamente pertenecían al grupo de galantes caballeros que departían sus tardes en compañía de un café tinto.
Otros dirán que sí conocen el local de Urdesa, sin embargo fue en el centro donde se inició el largo recorrido de La Palma, la dulcería más antigua de la urbe. No existen registros con fechas exactas, mas las referencias de los dueños datan de hace 108 años aproximadamente.
El centenario
A finales del siglo XIX pocos salones existían en la ciudad. Los caballeros luego de dar un paseo, acostumbraban tomarse unas copitas y comer algo, mientras dialogaban de política, economía, amor y -claro- de mujeres.
El Chino Luna -como le llamaban- era el dueño de La Española, donde hoy funciona La Palma, quien vendió el local a Florencio Cabanas, un comerciante de Cataluña-España en 1898. Este español enamorado de las oportunidades que encontró en Guayaquil, inauguró La Palma como una dulcería, trayendo de su tierra al maestro pastelero Martín Costa Carbonell, tío abuelo de José Ramón. “Años más tarde mi tío abuelo compró el local convirtiéndolo en tradición. Esta es la historia que conozco desde pequeño, aunque no tengamos documentos de ello”, explica nuestro entrevistado.
La Palma en sus inicios era de caña y quinchua, materiales típicos de la región. Su arquitectura guardaba concordancia con el estilo de esa época. Abierto de 6h30 a 24h00, atendía a familias enteras y a amantes del buen teatro como El Olmedo. “Martín Costa trajo también a varios miembros de su familia con el fin de establecer el negocio familiar. Uno de ellos fue mi padre, Ramón Costa Colominas, quien estuvo a cargo del lugar hasta su muerte, dejándonos la posta a sus dos hijos varones”, comenta José Ramón.
La tradición ha pasado por varias manos, por varias generaciones. Desde siempre se pensó en cosas ricas a bajos precios. El negocio que empezaron chinos, fue establecido por catalanes y diversificado por ecuatorianos. “Actualmente hay mucha competencia, pero creo que estamos trabajando para continuar, por eso nuestra generación decidió abrir el local de Urdesa”, dice.
De Pelé al Ché
La entrevista continúa con la mirada atenta de Costa y la de varios más. La Dulcería está llena. Alrededor de las once de la mañana no es común ver a gente de diferentes ocupaciones, niveles sociales y edades reunidas en un mismo sitio. Causa curiosidad en los presentes la grabadora frente al entrevistado, pero sorprende aún más las caras de los comensales esperando escuchar alguna pregunta que pudieran ellos responder, desde sus mesas.
Este lugar no se encuentra entre los paquetes turísticos, pero si cada pared hablara contaría de todas las personas a las que ha visto. José Ramón enlista a las personalidades que pasaron por La Palma. Nos comenta de Clemente Yerovi y sus bizcochos de los sábados o de Clemente Huerta y su encanto por los brazos gitanos. También de Carlos Julio Arosemena Tola y las galletitas argentinas, de Luis Plaza Dañín, Enrique Tábara, Jesús Fichamba, Jorge Delgado Panchana y hasta el gran Pelé... el paso del Papa Juan Pablo II por la dulcería, fue una experiencia que los dueños de La Palma nunca olvidarán, al igual que al Ché y sus helados favoritos.
¿El Ché Guevara?, fue la pregunta junto a la cara de extrañeza de los presentes. “Así es señores. Ernesto Guevera vivió un tiempo en Guayaquil y yo viví con él”, interrumpe enseguida Roberto Maugé Mosquera, desde la mesa de atrás. Sentado con la tasa de café en mano, Maugé comenta sobre los días en que aquel argentino estudiante de medicina, vino de mochilero a Ecuador. “Alquilábamos unos cuartitos a la subida de Las Peñas y para vivir él vendía baratijas en 9 de Octubre y Boyacá, por eso se venía para La Palma, compraba sus helados y se quedaba afuera sentado, mientras tomaba fotografías a la gente que venía a esta dulcería”, acota Maugé. ¡Qué personajes! ¿verdad?
Un buen varón
De repente se une a la conversación Marlene Hurtado de Costa, su esposa. Y es que no se puede hablar de José Ramón sin mencionar a su actual esposa y la peculiar historia de amor entre los dos. “Ambos teníamos unos 5 años de divorciados cuando amigos en común nos presentaron”, confiesa Costa, seguro de que fue amor a primera vista. Marlene tiene 3 hijos y se está estrenando como una feliz abuela. “Luego de tres meses de conocernos me pidió matrimonio. Lo hizo al estilo antiguo, pidiendo mi mano a mis hijos”, relata Hurtado, ante la sorpresa de ellos, quienes recién esa noche conocían al futuro esposo de su madre. Luego de conversar con el pretendiente, aceptaron gustosos que se convirtiera en novio, pero jamás hablaron de la fecha nupcial.
Los maduros tórtolos tal cual adolescentes planificaron la unión matrimonial, es decir, sin contarle a nadie. Textualmente, a nadie. El hijo mayor de Marlene estaba por casarse civilmente, así que ellos en secreto le pidieron a la Juez que los casara después del enlace de la joven pareja. “Mi suegra casi se infarta cuando dijeron en voz alta a los invitados: Señores todavía no se sienten que una pareja más se casa hoy”, recuerda entre risas Costa, mientras le toma la mano a su pareja.
Ingeniero comercial, administrador y pastelero, los empleados definen a José Ramón como un buen varón, un hombre sencillo que disfruta conversando con su gente, organizando fiestas para Navidad y colocándose el delantal para preparar los más ricos tiramisú. Católico, padre de dos mujeres profesionales, de quienes está orgulloso. Nada aniñado, detallista, honesto, alegre, le gusta bailar cualquier ritmo que le pongan y no se pierde ninguna farra.
“Yo no quisiera dejar nunca La Palma. Sé que los tiempos son difíciles pero siempre anhelo estar en este lugar”, confiesa. Un amiguero que todavía se reúne con su gallada de colegio y algunos de escuela. Fanático de los ceviches y la comida internacional. Del caldo de pata, el de salchicha y los briollos que preparaba su padre.
Sueña con los cien años más de La Palma. Con seguir al lado de sus compañeros de trabajo en el lugar donde aprendió de su padre y abuelo, el rol de una herencia responsable. De una tradición típicamente guayaca.