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El martes asistí a dos foros, a uno en la mañana y a otro al anochecer. La superposición entre ambos me permitió percibir cuestiones que de otro modo no hubiera advertido. Así, por ejemplo, asistí creyendo que comprendería mejor y sacaría conclusiones más claras del primero, que versaba sobre temas jurídicos y políticos, económicos y sociales, que son los de mi formación académica o de mi carácter vocacional. Pero me resultó mucho más inteligible y de diáfanas conclusiones el segundo, que fue sobre arquitectura y urbanismo con bases humanísticas.
El de la mañana, convocado por la Cámara de Comercio de Guayaquil, lo fue bajo una expresión de enganche publicitario: “Ecuador es una empresa y uno de ellos quiere ser gerente general. ¿A cuál piensa contratar?”. Frase que es figura retórica muy común y comprensible, como la del “capitán o piloto de la nave del Estado”. Pero ante la que puntillosamente algunos de los presidenciales que intervinieron se rasgaron las vestiduras y pusieron distancias, con aclaraciones de purpurina sapiencial y arrebato demagógico de esas que lamentablemente nunca faltan en nuestras lides electorales, aun en los foros más elevados y hasta por los mejores candidatos.
Con tal preámbulo y salvo en algunos temas de los inquiridos por el también cuestionado moderador, en que las respuestas fueron claras y concretas, concisas y con seso, en la mayor parte del foro tuve que pasármelas intentando traducir cuáles serían los verdaderos planes y opiniones de los candidatos detrás de sus palabras u omisiones, sus gestos y actitudes.
Lo más claro que saqué fue que solo de entre los cuatro que se mantuvieron hasta el final en el auditorio sería elegido el próximo presidente del Ecuador. Algo corroborado cada vez más por las encuestas de intención del voto. Con el escalofriante añadido de que el brillo exterior de alguno de los candidatos puede inducir al votante a escogerlo, como a una medicina que se toma por su buena presentación, sin cuidarse de desentrañar el veneno interior de la pócima.
Superpuesto al de la mañana, el foro del anochecer, convocado por este Diario, lo fue para la disertación del arquitecto, urbanista y político brasileño Jaime Lerner, una notabilidad a nivel mundial, sobre el tema ‘Una nueva concepción de ciudad’. Lo entendí y saqué conclusiones muy claras y concretas. Sin duda y principalmente porque el expositor sabía perfectamente de lo que estaba hablando, y quería hacerlo conocer a los asistentes sin tapujos ni ridículas autosuficiencias. Aunando la profundidad de conceptos con la sencillez de su presentación, llena de ejemplos reales y prácticos. Todo con humildad no fingida y un fino toque de buen humor.
Como se me acaba el espacio debo terminar. Pero no sin dejar anotadas un par de frases que entresaqué de la exposición de Lerner, perfectamente aplicables a temas jurídicos y políticos, económicos y sociales, propios del foro superpuesto de la mañana. Una: “Cuando se quiere tener todas las respuestas se pierde creatividad”. Algo dicho por el brasileño al responder llanamente que no sabía la solución del problema que se le estaba planteando y que antes habría que estudiarlo frente a la realidad. Y esta otra: “La democracia es un proceso de conflictos y no de consensos”. Un proceso en el que se eligen líderes políticos para encontrar soluciones posibles y prácticas, aunque paulatinas, y para guiar al pueblo, siempre con visión estratégica y de futuro. No un sistema para que los políticos se laven las manos con el pueblo, por ejemplo, con las tantas y tan socorridas consultas populares, pletóricas de espejismos pasajeros. |