A la tierna edad de 32 años, Oleg V. Deripaska, ex físico nuclear, ya le había arrancado el control de la industria rusa del aluminio a un inframundo de figuras del crimen organizado, funcionarios locales mercenarios y magnates ambiciosos como él, para obtener un lugar entre la clase acaudalada, poderosa y hermética de empresarios rusos conocidos como “oligarcas”.
Un año más tarde, en 2001, Deripaska estableció su autenticidad política al casarse con una mujer que pronto se convertiría en nieta por matrimonio del ex Presidente Boris N. Yeltsin.
Hoy en día, Deripaska, de 38 años, controla una compañía de capital privado llamada Russian Aluminum, o Rusal, que consiste en fábricas, minas y otros intereses industriales que operan a través de Basic Element, su consorcio, que se ha beneficiado bastante gracias a un pronunciado aumento en los precios de materias primas en todo el mundo.
Vedomosti, diario financiero ruso, valúa las posesiones de Deripaska en más de catorce mil millones de dólares, lo que podría convertirlo en el hombre más rico de Rusia, o al menos ponerlo al mismo nivel que Roman A. Abramovich, oligarca que reside en Londres, cuya multitud de posesiones lo han catalogado como el magnate número uno de Rusia.
Aunque Deripaska es una figura reconocida en su país, en el extranjero tiene un perfil mucho menos prominente. Eso podría estar por cambiar. Deripaska y sus colegas oligarcas están en proceso de volverse internacionales.
En un aparente cambio de dirección que se aleja de prácticas controvertidas y legalmente cuestionables en los años 90, que les ganaron a los oligarcas reputaciones generalizadas como plutócratas despiadados, los hombres más ricos de Rusia utilizan sus cuentas bancarias, abultadas por el auge en materias básicas, para invertir fuera de Rusia, desde Asia hasta Sudamérica.
El objetivo es obtener mayores ganancias. Los oligarcas rusos están en proceso de invertir en industrias extranjeras tan diversas como el acero y las telecomunicaciones, y buscan legitimidad y acceso a capital occidental en el proceso aunque, hasta ahora, han tenido resultados irregulares.
En el primer trimestre de este año, la inversión extranjera directa de compañías rusas ascendió a 5 mil millones de dólares, en comparación con 3.200 millones en el mismo período el año anterior, de acuerdo a estadísticas del Banco Central Ruso.
En el cuarto trimestre del año pasado, por primera vez en la historia, las compañías rusas invirtieron en el extranjero más de lo que las compañías extranjeras invirtieron en Rusia.
Pero muchos empresarios privados de Rusia aún encuentran un recibimiento poco efusivo cuando se aventuran al extranjero, en gran parte debido a temores sobre la influencia del crimen organizado en los negocios rusos o sobre el mal ejercicio corporativo.
Deripaska tampoco ha podido evitar obstáculos. Ex socios y competidores lo han demandado en Nueva York y Londres, bajo acusaciones que retratan un lado indecoroso de su ascenso en la industria famosamente violenta del aluminio siberiano de Rusia, y que, según él, están diseñadas para dañar su reputación y bloquear sus esfuerzos por extenderse al extranjero.
A la larga, los oligarcas quedarán relegados a un segundo plano, indicó Deripaska. La integración con la economía mundial diluiría su influencia sobre el comercio con más seguridad que una expropiación gubernamental de la industria, añadió, debido a que las necesidades de capital de las compañías las impulsaría a cotizarse en la bolsa y a permitir con el tiempo ser propiedad de muchos pequeños accionistas.
“Aún tenemos mucha participación como emprendedores en grandes compañías”, dijo, al catalogar eso como la característica distintiva de los negocios rusos. “No hay un emprendedor en General Electric. Ésa fue la historia de los estadounidenses hace 70 años. Puede desaparecer de la noche a la mañana en una transacción cuando una compañía se cotiza en la bolsa. Entonces estas personas se convierten simplemente en inversionistas importantes, tal vez filántropos”.