Recuerdo haber oído hablar mucho de un zapatero, español de origen, quien ejercía una gran influencia sobre los hábitos de compra de zapatos de las mujeres, desde Nueva York hasta Dubai. Dicho caballero, Manila o Monala no se qué, se forjó una trayectoria con base en la idea de que las mujeres poseen una majestuosidad inherente plasmada con mayor elegancia en el arco del pie.
Sus zapatos eran sensuales, vivos y etéreos. Los zapatos suplicaban respeto al privilegio femenino.
Ahora, en cambio, los zapatos repentinamente lucen como moldes para cemento.
El cambio representa un raro desplazamiento sísmico en la moda.
Esta temporada, diseñadores como Marc Jacobs, Nicolas Ghesquiere y Miuccia Prada han trabajado para promover la idea de que el calzado no debería tener el menor indicio de agilidad. El mensaje de un zapato debe ser inequívoco, desde el punto de vista de los diseñadores, y debería decir que la tendencia natural de una mujer es pisar fuerte y aplastar cualquier cosa que se presente ante ella.
Los zapatos en cuestión son negros, voluminosos y desconcertantes. Tienen suelas altas de cuña o plataformas gruesas. Algunos toman la forma de semibota. Un par de botines de cuero y gamuza de Balenciaga viene con un arnés, una suela lo suficientemente gruesa como para parecer una enciclopedia y una punta que termina curva hacia arriba.
Los zapatos transmiten las tensiones de épocas combativas, dijo Suzanne Ferris, coeditora de Footnotes, antología erudita sobre el significado de los zapatos.
En opinión de Arianna Huffington, comentarista que dirige un website político liberal, los nuevos zapatos representan un indicio de desafío hacia el tacón de aguja convencional.
“A veces creo que cuando uso esos tacones altos, mi cerebro se detiene”, dijo Huffington. “El efecto de pararte sobre ellos, de toda la energía que se necesita, hace que deje de pensar”.
Aunque los zapatos de temporada no buscan complacer a los hombres, tampoco apaciguan por completo las sensibilidades feministas. La moda agresivamente fea no libera a las mujeres de los estándares normativos de la belleza; simplemente los eleva.
Entonces, los zapatos Manolo Blahnik son en algún sentido un gran agente del populismo. Otra prueba yace en su precio. Los Manolo han empezado a parecer relativamente accesibles al bolsillo cuando se comparan con los zapatos de esta temporada.
Un Blahnik clásico de tacón de aguja cuesta 515 dólares, mientras que los nuevos botines de Balenciaga pueden costar 1.475 dólares. Eso parece mucho dinero para algo que aparentemente sólo es capaz de hundir a alguien en el lodo.