Se trataba de un experimento inmensamente atractivo: jóvenes músicos israelíes y árabes que tocaran juntos en una orquesta, con el fin de demostrar que la comunicación y la cooperación eran posibles entre pueblos enemistados desde hace mucho tiempo.
Los dos hombres detrás de la idea habían emprendido un recorrido personal algo similar.
Daniel Barenboim, director de orquesta israelí nacido en Argentina, y el catedrático palestinoestadounidense Edward Said se conocieron en 1993 y, si bien tuvieron a veces opiniones divergentes, forjaron una amistad profunda.
Por ello, en agosto de 1999, Barenboim y Said invitaron a 78 músicos israelíes y palestinos de 18 a 25 años a Weimar, Alemania, donde Barenboim, el chelista Yo-Yo Ma y otros profesores les impartieron clases magistrales y lecciones individuales. Y, en las noches, Said encabezó debates en torno a política y música.
Para el final del taller, israelíes, palestinos, sirios, libaneses y egipcios habían aprendido a tocar y vivir juntos, y había nacido la Orquesta del Diván Occidente-Oriente. (Tomó su nombre de una recopilación de poesías de Goethe inspirada por Hafiz, poeta persa del siglo XIV).
Desde entonces, la orquesta ha estudiado y dado conciertos bajo la tutela y la batuta de Barenboim cada verano.
Muchas cosas han pasado desde entonces. Luego de que las esperanzas de paz se fortalecieron a mediados de los años 90, la región se hundió en un nuevo ciclo de violencia. Barenboim, de 63 años, y Said, quien falleció en 2003, siempre insistieron en que su proyecto no era político, pero la política inevitablemente asedió lo que, esperaban, sería el territorio neutral de la música.
“Daniel Barenboim tiene razón cuando dice que no estamos aquí para resolver el conflicto”, expresó Daniel Cohen, violinista israelí de 22 años, ahora en su cuarto año con la orquesta. “Pero me da mucha esperanza de que, en ciertas circunstancias, podemos y debemos coexistir”.
Este año, la existencia misma de la orquesta ha sido puesta a prueba como nunca antes. Escasos días antes de que los músicos se reunieran para ensayar cerca de Sevilla, estalló una guerra abierta entre Israel y Hezbollah en El Líbano. Como resultado, una docena de ejecutantes libaneses y sirios no viajaron a España y se canceló un concierto previsto al pie de las Pirámides, cerca del Cairo.
Este año, los músicos trabajaron con Barenboim y otros trece ejecutantes de la Staatskapelle de Berlín, de la que Barenboim tiene el título de director en jefe vitalicio. (La Staatskapelle es también la orquesta residente de la Ópera Estatal Alemana de Berlín, donde Barenboim es el director musical general).
Tras un concierto ofrecido el 8 de agosto en Sevilla, la orquesta inició una gira intensiva que incluye sus primeras presentaciones en la Filarmónica de Berlín y el Teatro alla Scala de Milán.
La orquesta cuenta ahora con miembros españoles, que constituyen aproximadamente el 20 por ciento de los músicos, en conformidad con un contrato firmado con el gobierno regional andaluz.
Ese acuerdo prevé el pago de un subsidio anual de 3,9 millones de dólares, que ha permitido que la Fundación Barenboim-Said realice proyectos de formación musical en Cisjordania y una academia de estudios orquestales en Sevilla, además de la orquesta.
“Alguna vez le pregunté a Manuel Chaves por qué aceptó”, dijo Barenboim en referencia al Presidente de Andalucía, “y me contestó: ‘Es muy sencillo. España, y particularmente Andalucía, es lo que es porque musulmanes, judíos y cristianos vivieron y crearon aquí durante muchos siglos. Y si puedo dar un poco a cambio, es mi deber hacerlo’”.
“Frente a la Novena Sinfonía de Beethoven”, afirmó Barenboim, la nacionalidad y la religión no tienen la menor importancia. “En la música aprendes a expresarte sin dejar de escuchar lo que el otro dice”, prosiguió. “Es una escuela para la vida, una escuela para comprender el punto de vista ajeno y adaptar el tuyo”.