Ahora tienen además que lidiar con la angustia que les produce darse cuenta de que las generaciones que les preceden y que se suponen liderar sus vidas están tan inestables y confundidas como ellos.
En efecto, se ha visto que la urgencia de diferenciarse de sus padres ya no es solo por la necesidad de los adolescentes de tener una identidad propia, sino también un intento de “salirse” del patrón establecido por sus mayores que los llevaría a ser como esos adultos que no admiran ni quieren emular. Si bien rechazan el autoritarismo del pasado, cuando afirman que “los adultos no saben qué hacer con nosotros” están reclamando que los guíen y los protejan de su inexperiencia, de su descontrol, de su impulsividad y de sus fantasías de inmortalidad. Es decir, piden a gritos adultos que tengan la madurez y poder para ayudarlos a contenerse.
Se dice que con su indumentaria los jóvenes están denunciando, en forma sutil pero dicente, las incongruencias del mundo adulto. La moda de los pantalones escurridos, varias tallas más grandes de lo apropiado –al estilo de los payasos– se originó como una forma de protestar contra las payasadas de los adultos de hoy, quienes van en contracorriente con lo que son y pretenden enseñarles.
Los adolescentes resienten la doble moral de sus padres más que cualquiera otro de los pecados de su falible condición como tales, porque su falsedad les refleja la farsa que ellos mismos viven al pretender que son valientes cuando se sienten cobardes, que saben todo cuando no entienden nada y que son seguros cuando tienen tantos temores. Pero ver a sus padres queriendo parecer sus pares y pretender lo que no son, les hace perder la fe en que algún día superarán su inseguridad y sabrán quiénes son, qué quieren y para dónde van.
Con sus reclamos los jóvenes están diciendo que necesitan una familia, pero no una encabezada por padres anacrónicos y dominantes. Ni tampoco una en la que sean sus “amigos” y los dejen huérfanos. Los jóvenes de hoy no nos ven como personas superiores a ellos en “edad, dignidad y gobierno”, pero tampoco nos quieren ver como sus compinches. Lo que les urge a los adolescentes hoy es un papá y una mamá centrados en su función como tales y no en vivir una segunda “juventud” que ya pasó, es decir que tengan la postura, madurez e integridad que les garantice la estabilidad y dirección que tanto precisan. ¿Será que esto sí es lo que les estamos ofreciendo?