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Nelsa Curbelo | nelsa@telconet.net
Monseñor Proaño, culpable
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Mañana se cumplirán 18 años de la partida de quien fue luz y contradicción, en la Iglesia y en la sociedad ecuatoriana: monseñor Leonidas Proaño. Había nacido un día que posteriormente la historia convirtió en amarga para el pueblo ecuatoriano, un 29 de enero, pero de 1910, en un hogar digno, pobre y trabajador de San Antonio de Ibarra, al pie del volcán del mismo nombre que por expreso pedido de él hoy cobija sus restos en una tumba sembrada en la tierra bajo el altar de la iglesia de Pucahuaico.

El 18 de marzo de 1954 fue nombrado obispo de Riobamba, capital de la zona del país más densamente indígena, muchos de ellos de la familia de los puruhaes, marginados por el 80% de analfabetismo, miseria y abuso.

Cuando en 1964 la dictadura militar dictó la primera Ley de Reforma Agraria, monseñor Proaño entregó a los indígenas dos grandes haciendas de su Diócesis: Monjas-Corral y Zula. Luego, en los años setenta, en una de las ex haciendas de la Curia, organizó el Instituto Tepeyac para formar líderes en áreas prácticas: agricultura, ganadería, y en liderazgo. A quienes participaban en esos encuentros los acusaban de promover la invasión de tierras y los perseguían. En 1970, la dictadura de Velasco Ibarra expulsó a dos sacerdotes españoles. Durante la dictadura de Rodríguez Lara, el 26 de septiembre de 1974, la fuerza pública atacó a indígenas de la comunidad Toctezinin provocando la muerte de Lázaro Condo y 30 heridos. Y a pesar de que intentaron sacarlo de la Diócesis, no lo lograron. En la misa del domingo, al empezar su sermón, Proaño dijo: “Lázaro, levántate y anda”.

Quizás el mayor error político se cometió durante el triunvirato militar, el 12 de agosto de 1976, hace treinta años, cuando se llevaba a cabo en Santa Cruz, pueblito cercano a Riobamba, un encuentro de pastoral en el que participaban alrededor de 90 personas. El entonces  ministro encargado de Gobierno, Xavier Manrique, ordenó a  más de 40 policías que apresaran a dos arzobispos y 14 obispos de diez países del continente. Junto a ellos fueron detenidos unos 70 laicos y sacerdotes, entre ellos Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980. Al siguiente día, el Gobierno los “invitó” a salir “por intervenir en asuntos de política interna con la finalidad de subvertir el orden”.

La Iglesia también se sintió sacudida por la evangelización liberadora de Riobamba y envió un visitador apostólico, que fue anunciado en todos los medios de prensa. A nombre del Papa, iba a juzgar si lo que se enseñaba y predicaba en la Diócesis era conforme con el evangelio. El Visitador realizó múltiples entrevistas y visitas. Elaboró un copioso informe en el que afirma que las enseñanzas son acordes al evangelio, pero este nunca se hizo público. Solamente que Proaño no fue removido como obispo.

Con el paso del tiempo, creo que fue un error absolver a Proaño. En realidad era culpable. Culpable de ayudar a la gente a pensar por sí misma iluminada por el evangelio, de enseñar que el amor es profundamente subversivo, pues este ataca el mal en sus raíces, hace comprender la hermandad radical entre todos los seres humanos y con la naturaleza, cura la ceguera que nos impide ver las injusticias y da las fuerzas para trabajar por cambios positivos. Por subversivos, fueron asesinados Jesús, Gandhi, Martin Luther King, y una pléyade de hombres y mujeres que intentaron ser coherentes con el mensaje de hermandad fundamental.

Al decir de monseñor Luna, Leonidas Proaño era un maestro, sin otra cátedra que la de su propia vida, abierto a toda luz.

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