Estadounidenses y europeos están acostumbrados a comprar zapatos, juguetes y hornos de microondas producidos en masa en China. Entonces, ¿por qué no rosas?
Ésa es la idea detrás de un elaborado esfuerzo del gobierno chino destinado a exportar flores, no sólo con el fin de desarrollar un nuevo negocio de alcance mundial, sino también para transformar el paisaje social y económico del suroeste de China.
Al instalar a la industria de la floricultura, entre varias otras, lejos de las provincias litorales que han disfrutado de la mayor parte de la prosperidad de la nación, los funcionarios de Beijing esperan generar empleos para decenas de millones de trabajadores empobrecidos y aislados, en un intento por reducir la brecha de ingresos que existe entre los adinerados habitantes urbanos y los agricultores desempleados.
En los gigantescos viveros en Kunming, en la Provincia de Yunnan, trabajadores con sueldos mensuales de tan sólo 25 dólares cortan rosas en enormes invernaderos, las llevan a inmensas bodegas donde sus espinas son retiradas a mano, y las envuelven en papel y plástico para su embarque.
Sin espinas, las rosas son más livianas y pueden ser empacadas de forma más apretada, lo que reduce el precio del transporte aéreo.
"Nuestro objetivo es convertirnos en el principal productor y exportador de flores de Asia en entre diez y quince años" y, tal vez, en más grande a nivel mundial detrás de Holanda, dijo Li Gang, jefe adjunto de la Asociación de Flores, agencia gubernamental provincial.
El gobierno ha emprendido un enorme esfuerzo con el fin de hacer todo eso posible.
Para extender su moderna infraestructura hacia el interior del país, construye actualmente carreteras de doce carriles, robustos puentes y aeropuertos internacionales en una área crucial a nivel estratégico.
La industria de las flores constituye una prioridad nacional de tal magnitud que el Presidente Hu Jintao viajó a Yunnan hace dos años para hacer un llamado a un incremento en los embarques.
China busca exportar rosas, principalmente, que tienen un alto valor por kilo y pueden ser transportadas muy fácilmente a grandes distancias sin sufrir daños de consideración.
Sin embargo, en el sector de la floricultura, como en tantos otros, las prácticas chinas de negocios han provocado la inconformidad de otras naciones. Varios gobiernos occidentales, entre ellos el de Holanda, se quejan de que numerosos productores chinos no pagan regalías cuando cultivan variedades de flores registradas a nivel internacional. La disputa podría llevar a países a restringir las importaciones de flores chinas.
También está la problemática de la enorme productividad china. Los productores de muchos países se muestran preocupados de que China pueda embarcar tantas flores, especialmente las de baja calidad, que provocaría un desplome en los precios de mayoreo.
La influencia china sobre la industria de la floricultura global también podría dejarse sentir de una manera táctil: la ausencia de espinas.
En un vivero en Si Jie, a 110 kilómetros al sur de Kunming, Shi Yin, de 22 años, entra a un invernadero con sus tijeras, recorre los largos pasillos bordeados de flores y escoge las rosas que terminarán en cajas de regalo en Los Ángeles.
Lleva las flores seleccionadas a una bodega, con iluminación tenue, donde filas de mujeres retiran manualmente las espinas y las hojas. En otras partes, esa tarea, de llevarse a cabo, tiende a ser mecanizada.
Qian Lan, delgada chica de 19 años, con guantes de trabajo café y un delantal beige manchado, se encontraba en la bodega una reciente tarde y tomaba las rosas rosas y blancas de casi un metro de largo una por una. Colocaba un aparato parecido a unas tenazas alrededor de cada tallo, a unos 30 centímetros del extremo del tallo, apretaba con firmeza y jalaba hacia abajo, operación que sorprendentemente dañaba muy poco el tallo. Hay máquinas que pueden hacer el mismo trabajo que Qian, pero maltratan más la rosa y le dejan cortaduras que pueden reducir la longevidad.
Sin embargo, realizar esta labor a mano constituye una pesadilla ergonómica, con un fuerte riesgo de lesiones por esfuerzo repetitivo. "Si hago eso durante mucho tiempo, pierdo toda sensación en la mano", expresó Qian, que acaba de graduarse de preparatoria y gana 25 dólares al mes.
Al preguntarle si un hombre alguna vez le había dado rosas, Qian susurró tímidamente "sí".
Enseguida se sonrojó intensamente y reanudó su labor.