Treinta y siete mujeres adultas mayores conviven en el asilo El Bien Público, que funciona en el centro de la ciudad. Algunas llegaron allí porque no tienen dónde vivir, otras en busca de compañía o seguridad. Ellas hablan sobre su vida y reflexionan acerca del futuro, en especial lo que harán a los 80 años, cuando deben dejar este sitio.
En esa casa solo residen mujeres. Sobre el antiguo portón de la calle Julián Coronel 807 se lee: Asilo El Bien Público. Se trata de una especie de residencia donde viven 37 mujeres adultas mayores.
Elba Quinde, enfermera y encargada los fines de semana del asilo, regentado por la Junta de Beneficencia de Guayaquil, comenta que la institución brinda a estas personas hospedaje y alimentación. Cada una paga 48 dólares mensuales. Ellas tienen libertad para realizar sus actividades dentro y fuera del lugar. Pueden salir a partir de las siete de la mañana y regresar hasta las ocho y media de la noche, cuando se cierra la puerta.
El tercer domingo de septiembre -Mes del Envejeciente-, la planta baja luce desolada. Más o menos la mitad de las ancianas visitan a sus familiares, algunas se van el viernes y regresan el domingo o el lunes. Otras están en sus habitaciones del piso alto, unas pocas conversan, leen o ven la televisión en la sala de estar donde todos los días pueden recibir a sus visitas. Los jueves, sábados y domingos es permitido invitarlas a sus habitaciones.
Todas tienen una historia que contar. Hilma Vivar Benavides se niega a confesar su edad. Dice que hace seis años llegó por "problemas privados". Primero lloraba porque no se acostumbraba, no quería ni comer. Poco a poco se fue adaptando. Ahora tiene amistades aquí y en el hospicio Corazón de Jesús, que es mixto y funciona frente al asilo.
Una sonrisa ilumina su rostro al contar que con sus amigas juega dominó, rumi 500, cuarenta para distraerse y hacer gimnasia mental. "Los domingos son un relax para mí porque oigo la santa misa, uno se encuentra con el Señor y por la tarde vienen mis familiares, eso es una alegría", dice. Está intranquila porque ha leído que "un violador ataca a las jóvenes y a las viejas". Teme porque los jueves visita a una sobrina y regresa por la noche.
Amparito Ortiz Garay, de 75 años, cuenta que ya ha sido víctima de la delincuencia. Vivía sola hasta que dos tipos la agarraron del brazo, la embarcaron en un taxi y le dijeron: "Calladita, no diga nada. Me mostraron un cuchillo y un revólver". Y les dio la dirección de su domicilio. Le robaron un dinero que había retirado del banco y sus joyas. Después de esa experiencia ingresó al asilo. Es jubilada, a los 16 años empezó a trabajar de enfermera en el hospicio Corazón de Jesús. Recuerda que inyectaba, ponía sueros y repartía medicamentos. "Todas eran ancianas, es duro comprender el carácter de las personas mayores", reflexiona.
Es menudita, le gusta estar en el jardín para oler el aroma de las flores. Pero una sombra la atormenta y le quita el sueño. "Pienso qué será de mí cuando cumpla los 80 años". Esa es la edad límite para permanecer en el lugar, porque se estima que luego les es difícil valerse por sí mismas, según la enfermera Quinde, quien sugiere que podrían trasladarse al hospicio.
"Pienso, pienso y no sé adónde iré", dice Amparito. Aunque su sobrino, que vive en Cuenca, le dijo que no se preocupara; ella reza fervientemente para que "no le cambie el corazón".
Elbia Sinchui Guambaña, de 60 años, en cambio, se pone triste al recordar su vida. "Soy sola porque al mes de nacida murió mi madre". Su infancia transcurrió en un asilo de monjas. Trabaja en quehaceres domésticos para los sacerdotes de la iglesia Medalla Milagrosa. Pasa allá de lunes a viernes y el fin de semana en El Bien Público.
Le da gracias a Dios, a la Junta de Beneficencia y a todas las personas que trabajan en el asilo porque tiene cuarto, comida y compañeras, pero la tristeza se aloja en cada una de sus arrugas, al decir "la familia se olvida de una, ni me vienen a visitar".
A la hora del almuerzo todas bajan al comedor. Algunas recogen sus alimentos y se retiran a sus habitaciones. Se escucha un bolero, Hilma empieza a cantarlo. Comparte la mesa con Susana Negrón Fischer (Guayaquil, 1929), quien lleva en el asilo cinco años. "Estoy aquí por mi propia voluntad, me gusta la tranquilidad", expresa. Al rato llega Irma Benites España y se ponen a conversar del paseo a Tarifa que realizaron el viernes pasado junto con los del hospicio. Entre risas y bromas comentan que bailaron y comieron frutas.
Quien sale con bastante frecuencia es Delfa García Silva. Nació en Babahoyo, en 1933, y es jubilada. Trabajó 37 años en la botica del hospicio. Recuerda que se preparaban los jarabes contra la gripe, la tos, el vómito y el dolor de estómago.
Cree que estar encerrada no es bueno, por eso casi todos los días camina, de ida y regreso, hasta la sede de los jubilados (Noguchi y Letamendi), también a El Arbolito (junto al edificio del Seguro Social).
"Ahí estoy un raaaato conversando, parece que se va el tiempo. Cuando me dicen que ya son las seis, ayyy, me despido, ñañita hasta mañana, hasta mañana. 'Mañana vienes', me preguntan. Vamos a ver, si amanezco viva, respondo". Al recordar esos momentos ríe como una niña de cabellera blanca y rostro ajado.