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En las famosas y elegantes pasarelas de la moda de Londres o París, con rostros inexpresivos de ángeles extraviados, suelen desfilar modelos superesqueléticas, andróginas y etéreas, cuyos cuerpos casi transparentes pueden servir mejor para una clase de anatomía que para simbolizar un ideal, una estética de la belleza y elegancia. Y sin embargo, es así, millones de adolescentes y de mujeres se miran en ellas como si fueran un espejo y se frustran y esta frustración es muy rentable para las transnacionales de la moda, los cosméticos, la farmacología, los cirujanos que sacan costillas para crear cinturas de avispa, abultan labios y hacen la liposucción como si desinflaran llantas.
Estas infelicidades son naturalmente económicas y tienen profundas repercusiones sociales y sanitarias, por eso es tan importante la iniciativa última del Gobierno de Madrid de haber dicho “no” a las modelos con look de anoréxicas y haber desatado con esta medida una polémica mundial que se expresa en foros de internet y en revistas populares.
Es que el cuerpo de la mujer (y del hombre también) ha sido tan usado y manipulado por el consumo, ha sido esculpido para ser, antes que un vehículo de sí mismo y un lugar en donde habita el alma, una percha en donde colgar la ropa, una estatua de piedra con medidas rígidas para ser mirada y admirada por los demás. Ser siempre joven, bella y delgada es un esfuerzo muy grande y sobrehumano. Por otro lado, la belleza, ¿qué es? ¿No está acaso en el ojo del que mira, antes que en el bolsillo insaciable de la industria de la moda?
La industria de la moda, de los cosméticos y todas sus colaterales, que mueven millones, han impuesto un único ideal de belleza, sembrando en las mujeres normales odio contra su cuerpo, han estimulado la tortura con dietas insalubres e irracionales y han neurotizado las relaciones con el cuerpo instando a medir la propia aprobación a través de la aprobación de los otros. Esta desesperación, esta ansiedad, este interminable sufrimiento por parecerse a los íconos de la belleza que no están solo en las pasarelas, sino en cualquier anuncio publicitario, han producido anoréxicas sin cuartel, bulímicas, mujeres insatisfechas, neuróticas, irritables y malhumoradas. Mujeres y hombres que no aprueban su cuerpo, su contextura corporal, el ancho océano de sus genes transmitidos por sus antepasados.
La sociedad global también ha impuesto un modelo de belleza que es el de la cultura dominante: blancas, altas y muy delgadas, con caderas estrechas como las de un muchacho. Una estética que poco tiene que ver con el físico femenino promedio, ni con culturas como la nuestra. Neruda escribía: “Cuerpo de mujer, blancas colinas”. ¿Y qué pasa con las latinas de estructuras óseas más bien terrenales y llenas de redondas redondeces? ¿Qué, con las africanas y con las orientales que hasta se operan los ojos para igualar a las occidentales?
Es una manipulación perversa que hay que mirar con cuidado para no de jarse arrastrar por el torrencial de reclamos con que nos inunda el mercado.
La delgadez extrema como la obesidad son enfermedades. Es bueno ser delgadas, atractivas, hacer gimnasia y preocuparse por la salud, pero se ha llegado al colmo de imponer a través de revistas, anuncios, modas, concursos, modelos, artistas y reinas de belleza un tipo de figura inaccesible a la mujer promedio con graves implicaciones para su salud y su integridad psíquica.
Por eso, que nadie se engañe, la polémica desatada en Madrid no es un problema minúsculo, superfluo o light, es un problema global de incidencias políticas y económicas que tienen que ver con la felicidad. Creo que la última pasarela de Cibeles se volvió una fiesta, se vistió de humanidad. ¡Vivan las mujeres de verdad! |