Luisito llegó a su casa hambriento. Había salido del colegio a las 18h00 y en el camino venía saboreando mentalmente la rica comida que Corina, su madre, preparaba a diario. Pero al llegar, no encontró nada. Nada en las ollas, nada en la refri, nada en los cartones que Corina guardaba cerca de la cocina. “¡Mamá!” –llamó Luisito- “¿dónde estás?”, preguntó. Aquel día su madre no había conseguido dinero y regresaba a casa con sus bolsillos huecos. El niño trató de consolarla, mas la impotencia de Corina pudo más. Ella llevaba más de un día sin comer y esa noche su hijo recién se enteraba.
Visiblemente molesto, Luisito Paguay con sus doce años de edad, no comprendía porqué los adultos no confían en sus hijos cuando tienen problemas. “Cuando falta la papa”, como dice él.
Salió corriendo. Sólo tranquilizó a la madre diciendo que un amigo le debía un dinero. “No te preocupes que ya regreso. Hoy comeremos rico”, indicó el pequeño. Cogió el bus de la 32 rumbo al centro. Había escuchado que en la Av. Nueve de Octubre, muchos niños “pedían plata”. Así que llegó cerca del puesto de empanadas junto a la iglesia San Francisco e hizo lo mismo… extendió su mano y pidió plata.
“Me ensucié un poco la cara, me saqué la camisa afuera y me puse unas chancletas que me prestó una señora inválida de la iglesia. Despuecito intenté poner cara de bobo, pero nadie me creía, ni me daban dinero. Por ahí andaba otro chico que me dijo que debía acordarme de algo triste y se me notaría en la cara mi pobreza y eso hice. Me acordé del hambre de mi mami”.
Desde aquel día, salía del colegio e iba directo a su reciente faena laboral: la mendicidad; sin darse cuenta de que escribía las primeras páginas de una nueva vida. Se había convertido en otro más de los chicos de la calle.
Manos unidas
“Yo creo que el mejor medio de hacer bien a los pobres no es darles limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla”, citó un día Benjamín Franklin. Pensaba que en el camino de la vida, los hombres no tienen obligación de convertirse en filósofos, políticos, ni sabios, pero sí tienen obligación de ser buenos, justos, correctos en su obrar y caritativos. Siendo la caridad una manifestación de amor con la gente a nuestro alrededor.
Cientos de casos como el de Luisito Paguay, calaron profundo en consciencias ciudadanas, formando un sinnúmero de fundaciones y organismos para ayudarlos. La tarea principal es sacarlos de las calles. Enseñarles a vivir su niñez sin tener que trabajar para comer.
La labor de estos organismos acoge a los chicos y a sus familias, pues no habrá ayuda verdadera si los padres y hermanos no se apoyan juntos. Es un trabajo en equipo.
Reflexionando la situación de los niños con problemas en Guayaquil, sesenta instituciones juntaron sus esfuerzos, pues piensan que unidos son más. Antes, cada fundación trabajaba por su cuenta, en busca de recursos financieros. Ahora bajo el aval del Municipio de la ciudad, tienen grandes metas. Han ayudado a que cientos de chicos recuperen el derecho a vivir como tales, con la inocencia de su edad. Porque no es caridad, es derecho.
Red Amiga
“Nosotros propusimos al Municipio apoyar en la coordinación de un proceso de organizaciones que trabajan con niños de alto riesgo en Guayaquil. Sabíamos que existía un sinnúmero de instituciones trabajando de manera aislada, pero que necesitaban el apoyo de la sociedad”, explica Cecilia de Peña, miembro de Fundación Crecer y una de las gestoras del proyecto, que lleva un año de planificación. “Lo importante es trabajar juntos por los derechos de los niños. Lo mismo que queremos para nuestros hijos debemos quererlo para todos los chicos”, dice.
Considera que si la mayoría de los adultos no permiten que sus hijos salgan a la calle solos ¿porqué entonces la sociedad permite que cientos de chicos pidan limosna, trabajen o sean manipulados por adultos? “Hemos agrupado a organismos de ayuda a niños y adolescentes. Pudimos descubrir sus características, fortalezas y debilidades”, comenta Cecilia.
Red Amiga, es el nombre de esta primera asociación de ayuda, de la cual forman parte fundaciones, albergues, rincones de acogimiento, con apoyo de orientadores, maestros, psicólogos y demás. Dependiendo de la especialidad de cada organismo, se busca reinsertar a los chicos a la sociedad e instruir a sus padres en negocios de microempresas, costura, manualidades, carpintería, entre otros. El fin es lograr que los adultos obtengan recursos para mantener a sus hijos y no aventurarlos a las calles.
“La iniciativa de crear Red Amiga se dio justamente porque es tanta la ayuda que se necesita y somos tan pocas manos”, indica la vocera. “Tenemos varios compromisos establecidos, pero lo primero que queremos es que los guayaquileños sepan que nos hemos aliado, que trabajamos juntos pero necesitamos más apoyo”, acota, respecto a que requieren que más profesionales se unan al proyecto.
Adicionalmente al apoyo del Municipio de la ciudad, han logrado una alianza con el Instituto Interamericano del Niño, miembro de la OEA (Organización de Estados Americanos). Sienten que en la medida que más gente se una, los resultados serán mejores.
Red Amiga busca intercambiar experiencias y metodologías, optimizando recursos para mejorar los programas en beneficio de los NNA (niños, niñas y adolescentes). Parte del plan de acción gestiona impulsar procesos de capacitación en las escuelas y barrios de estos niños. Si ellos son rescatados a tiempo no participarán en la delincuencia de grandes.
Dentro de la alianza se proyecta dar atención psicológica a las familias, otorgar programas de becas, atención a víctimas de maltrato o abusos sexuales, además de ayuda a madres adolescentes. La recreación, deportes y el arte también tendrán su espacio. Buscar aliados estratégicos en cada barrio comunitario. Convertir líderes que desde esos lugares orienten a más jóvenes. Se espera lograr convenios con universidades para la capacitación de familias, que tienen a sus chicos en riesgo, buscando un proyecto de vida nuevo para ellos.
“Queremos manejar el tema a nivel de justicia y derechos. Siempre se dice que los niños tienen derecho a la educación, pero no hacemos nada al respecto. El niño es un ciudadano que debe ser respetado, no importa su condición social”, explica.
Es difícil no dar dinero a quien lo pide en la calle, indica, y es más difícil no hacerlo cuando es un pequeño. Sin embargo muchos utilizan ese dinero para drogarse o son manipulados por adultos, pues no siempre mendigan para comer. “Da pena ver cómo mucha gente los desprecia. Es como que ya se ha vuelto normal ver a tantos chicos necesitados”, señala.
“Ahora trabajamos juntos varias organizaciones. Mañana queremos trabajar con todo Guayaquil. Bienvenida sea toda la gente que quiera ponernos su hombro”, finaliza Cecilia (A.G.).