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Edición del DOMINGO 1 de Octubre del 2006 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Testimonio de vida familiar
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Texto: Alexis Gómez

Un 'sí' se juraron ante el altar. Sí al amor de pareja, sí a la fidelidad, sí a los hijos, sí a convertir el matrimonio en un ideal de vida. Con su experiencia conyugal, Luis y Pilar de Jensen, realizaron una labor apostólica desde el Vaticano.

Piensan que los hombres tienen una misión en la tierra. Un motor que se convierte en  ideal de vida.  Los Jensen, una pareja de chilenos,  siempre han buscado cuál es su misión. 

Con un acento típico chileno, Luis Jensen y Pilar Escudero de Jensen, comentan sobre su visita a Guayaquil, como conferencistas de una jornada de charlas sobre  paternidad responsable. Esta pareja cumplirá en diciembre, 26 años de feliz matrimonio y mientras relatan su historia, aún se miran con complicidad. “Empieza tú”, dice Pilar a su esposo. “No Pily, empiece usted”, añade él, al tiempo que toma su mano en señal de algo… señal de amor, confianza o simplemente de seguridad.

Pausadamente Pily comienza a hablar: “Tenemos cuatro hijos y la mayor ya nos hizo suegros. Lo lindo de nuestra familia es que ha sido fundada en el amor y en la gratitud”. Lucho –como le llaman- interrumpe, para comentar el ‘primer’ principio de su convivencia: “Un reino permanece en la medida que es fiel a lo que le dio origen”. Quiere decir que lo bueno se mantiene mientras somos constantes en nuestras convicciones.

Ambos a sus 51 años de edad, ríen como siempre, dicen trabajar más que antes, se dan sus escapadas en los viajes. En fin, se disfrutan uno al otro como pareja y creen que ese ejemplo lo han transmitido exitosamente a sus hijos.

Obedientes
Si hay algo que destacar de los Jensen es que en sus tiempos mozos fueron jóvenes muy obedientes. Ya llevaban un tiempo de novios y estaban seguros de su amor. Sin embargo la única petición de sus padres fue que solo se casaran luego de obtener los títulos universitarios. Sino, nada. Aunque sus padres nunca imaginaron que los chicos cumplirían al pie de la letra esa disposición.

Lucho estudiaba medicina y Pily, licenciatura en historia. Ella sustentó la tesis de grado un día martes. Él lo hizo la mañana del viernes de la misma semana y se casaron ese día en la tarde. Y es que no pudieron esperar un poquito más. Ya habían cumplido con el único requerimiento para casarse: ser profesionales.

Fue un 12 de diciembre de 1980, día de la Virgen de Guadalupe. Tenían 25 años y deseaban consagrar su unión matrimonial a la Reina de América, para que ella cuidara de ese nuevo hogar.

Retroceden el tiempo y empiezan a recordar cómo se conocieron en 1973. “Teníamos amigos en común, pero nos enamoramos un verano en la playa de Concón”, relata Pily. Desde adolescentes habían pertenecido a un movimiento católico y por eso cada acontecimiento importante de sus vidas era celebrado como hito en alguna fecha religiosa, especial también para ellos.

De repente Lucho menciona el ‘segundo’ principio de su convivencia: “La fe es una realidad absolutamente cotidiana. No es que mi vida está por un lado y Dios está por el otro. Ambos están ligados”. Aman una pequeña capilla en Bellavista, dentro de Santiago. Ese sitio ha sido testigo de memorables momentos. Allí se conocieron y se casaron. Justo ahí fue el bautizo de sus hijos y el matrimonio de su hija 25 años después (casi exactos) que el de ellos, un 19 de noviembre del 2005.

En familia
Desde antes de ser esposos sabían que querían tener un estilo de vida diferente. Encontrar en el matrimonio la verdadera unión, muy aparte de tecnicismos o simbolismos. “Nos unimos a otras parejas que pensaran como nosotros. No fue fácil encontrarlas, pero lo logramos”, cuenta Pily. Opina que en un ambiente tan difícil como el actual, donde los medios permiten ver de todo, trabajar solos es en vano. Por eso buscaron a otros esposos que quisieran vivir la unión conyugal como un ideal de vida, esforzándose por consolidar sus bases como familia.           

Lucho acota  el ‘tercer’ principio de su convivencia: “Los hijos son para toda la vida, así crezcan o formen sus hogares”. Los Jensen educaron a sus hijos en la libertad, confiando en su crecimiento personal. No les dieron una educación normativa sino paternal, en que lograron sacar lo mejor de ellos. “Experimentamos el valor de una familia y les enseñamos a crecer de acuerdo a su originalidad, porque cada hijo es distinto”, indica Pily, quien señala el ‘cuarto’ principio de su convivencia: “No tener temor a las libertades del mundo, ya que nuestras casas no son islas ajenas a lo que pasa afuera”.

Se muestran conscientes de la realidad mundial, aunque muy seguros de su espiritualidad. Tienen todo tipo de amigos, de diversos credos, pero en el interior de su hogar, saben bien hacia dónde van.

Como gineco-obstetra, Lucho ha cultivado la paciencia. Es un hombre de nervios templados, al que le gusta servir. Compartir con sus hijos las experiencias de su oficio. Ama la cocina, en especial preparar 'trucha al ajillo'. “A nuestros hijos les encanta la cocina del doctor Luchito”, comenta Pily entre risas. No canta, no baila. “Solo toco el timbre”, interrumpe él. Más que conversar ha aprendido a escuchar.

Escribió varios libros como 'Métodos naturales’ y 'Paternidad responsable con unión y fecundidad’.

Pily en cambio es conversadora y risueña. Una mujer que dice estar feliz con su femineidad. Se califica como una eterna admiradora del aprendizaje. Desde niña le gustaba el arte, bordar y decorar su casa con buen gusto. “Disfruto de educar a adolescentes. Prefiero que me vean como una amiga grande que los orienta”, indica.

Con el Vaticano
Como miembro activo del arzobispado de Santiago, en 1995 Pily fue invitada al Encuentro Mundial de la Mujer en China, organizado por la ONU. Su misión era formar parte de la delegación mundial de la Santa Sede. Estaba orgullosa de ser la única representante latina, pero también algo triste por no poder ir con su esposo al viaje. “Es que siempre viajamos juntos”, señala ella. Entonces decidieron  solicitar al Nuncio que les permitiera viajar juntos, aunque él no forme parte de la delegación.       

La respuesta llegó de Roma, pero esta vez invitándolos como matrimonio, para que dieran testimonio de su vida como esposos. “No podíamos creerlo. Éramos el único matrimonio entre todas las delegaciones del mundo. Era un Encuentro donde se cuestionó fuertemente la unión conyugal y la maternidad. Lucho y yo llegamos para contarles de nuestra nada fácil, pero hermosa vida juntos y de que yo no me siento menos mujer por estar casada”, relata Pily. Fue un campo difícil para ellos, mas querían hablar de la riqueza matrimonial frente a posturas liberadas de muchas mujeres.

Desde aquel evento, los Jensen empezaron a colaborar más cercanamente con el Vaticano, elaborando proyectos en Chile, para varios organismos de Roma. Hasta que en el 2000 Lucho recibió una invitación, para fundar un instituto sobre el estudio de la fertilidad e infertilidad con la visión de la Iglesia.   Él tuvo que irse a vivir a Roma, mientras Pily viajaba seguido para trabajar junto a su esposo en el proyecto encomendado.       

Luego de un tiempo regresaron a Chile. Lucho soñaba con crear un centro de servicio familiar, uniendo ámbitos médicos con educación sexual y paternidad. Cumplieron el sueño el 8 de septiembre del año pasado, día del cumpleaños de la Virgen María. 'Porta Vitae', que en latín significa puerta de la vida, brinda ayuda a parejas que se aman, sean novios, esposos o no. “Me impresiona ver que vienen hasta ateos. Y es que se puede vivir el matrimonio como un ideal de vida. Solo basta quererlo”, finalizan Lucho y Pily con este, el 'último' principio de su convivencia.


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