Muchas especies (árboles, plantas y flores) muestran la riqueza botánica que es parte de la identidad porteña.
Más que un inventario de la extraordinaria flora que distingue a la tierra guayaquileña, esta crónica intenta poner en el recuerdo algunos nombres y sitios de árboles y plantas que a través de los años fueron y son elementos complementarios del paisaje junto con los edificios y monumentos convertidos en verdaderos emblemas o íconos de la metrópoli.
El avance urbanístico que experimenta Guayaquil ayuda a rememorar tradiciones, pasajes históricos, etcétera, y también a valorar en su verdadera dimensión otras tantas formas de identidad ciudadana, donde el conocimiento, respeto y cuidado de su patrimonio natural tienen importancia porque allí se desarrolla su vida entre afanes, triunfos, reveses y esperanzas.
Ese amor y respeto a la flora local (propia e introducida) se consolida aún más por la experiencia de ser residente de la ciudad y por comprobar con exactitud lo descrito en diarios de viajes, bitácoras y monografías de científicos, botánicos y viajeros nacionales y extranjeros como Juan Tafalla, Agustín de Manzanilla, Alejandro de Humboldt, Aimé Bonpland, Teodoro Wolf, Luis Sodiro, Pedro Franco Dávila, Francisco Campos Ribadeneira, entre muchísimos otros.
Múltiples recuerdos
Aunque en distintas épocas algunos viejos árboles desaparecieron porque cumplieron su ciclo de vida, son múltiples las ocasiones que su muerte fue adelantada por el ataque inconsciente y desproporcionado del propio vecindario o porque tuvieron que dar paso a las exigencias de la expansión urbana y de ciertas obras que no los creyeron indispensables en el entorno.
Sin embargo, todavía podemos hablar de muchos de esos verdaderos monumentos vivientes que se levantan regios y hermosos en algunos barrios guayaquileños, cuya contemplación resulta regocijante para los transeúntes locales y el curioso turista de mirada escudriñadora que no deja pasar por alto tan grato espectáculo.
Recordemos pues, las altas palmeras del Cementerio General, de la plaza Colón y de los parques Centenario, Victoria, España y Chile, donde hay ejemplares que tienen muchos años de vida; asimismo, las que observamos en algunas residencias de los barrios del Centenario, del Astillero, Urdesa Central y Norte, que poseen añosos samanes sembrados antes de la primera mitad del siglo pasado.
Más testimonios
Además de la variedad de plantas y flores con que se alegraba la mirada de los visitantes y turistas en los viejos paseos, parques y jardines de la ciudad, no podemos olvidar en el recuento de ahora el gigante árbol de la clínica Guayaquil (Padre Aguirre y Córdova) y, asimismo, el que está en la Avenida del Ejército entre Hurtado y Nueve de Octubre.
Los guayaquileños recuerdan las acacias de la avenida Boyacá -de Ballén a Colón- a una de las cuales la maestra de música Lila Álvarez García le dedicó una bella crónica en Diario EL UNIVERSO, allá por la década del ochenta de la pasada centuria. También los ceibos de Pedro Carbo y Sucre y del parque San Agustín, en Luis Urdaneta y Pedro Moncayo, y los de Avenida del Ejército y Padre Solano, en el barrio Orellana.
Qué decir de la tradicional palmera que por más de 60 años se meció airosa en pleno Aguirre y Malecón, hasta que en 1995 fue trasladada a otro sitio de la urbe; imposible olvidar que aquella especie se apreciaba desde lejos frente al Palacio de la Gobernación y apareció en múltiples folletos turísticos. Igualmente los ficus del parque Seminario, frente a la Catedral Metropolitana.
Estos, algunos apuntes, de los viejos árboles de numerosas especies que, junto con los suches de Esmeraldas y Hurtado, Carchi y Hurtado, el samán de Lorenzo de Garaycoa y Azuay, los tulipanes, algarrobos, nigüitos, veraneras, chabelas, etcétera, muestran la riqueza inagotable de la flora guayaquileña, que es justo exaltar pero igualmente respetar y conservar en todo momento.