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MARTES | 3 de octubre del 2006 | Guayaquil, Ecuador
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Rafael Díaz Ycaza | ra_diaz@hotmail.com
Los adioses
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Ha regresado a la total claridad y a la videncia absoluta una joven mujer que vivió para y por la  poesía: María Leonor Madinyá. Una dama de la mayor transparencia y de la suma liviandad, afectada por la ceguera material pero premiada con los dones del puro amor a los semejantes y a cuanto tiene vida en el universo.  No sé si a ustedes les ocurre igual, pero la vida me ha destinado un poco a vivir lejos de muchos de mis amigos más queridos. En varios poemas he levantado la copa de mi recuerdo y brindado por ellos, entre los que se encuentra  María Leonor Madinyá. Sin meditarlo siquiera, he formado mentalmente otra galaxia, como especie de cielo donde priman mis  muertos.

Ahora, María Leonor es propietaria de un predio en el cielo. Ha apagado su lámpara y se ha puesto a dormir el ensueño más tranquilo, inspirado tan solo a quienes dedican su existencia al servicio de la belleza y la justicia. De los que actuaron siempre como pacificadores, en vez de ser soldados; de quienes supieron la diferencia que hay entre los perseguidores del triunfo y sus medallas y los que regalan la ilusión y la esperanza a los elogiados en el Sermón de la montaña.

María Leonor supo ser “amiga de sus amigos”, estuvo lista siempre para abrir sus manos generosas a cuantos llamaron a la puerta de su casa o a los que colaboraron con su programa radial ‘Música y Poesía’. Y pienso que todavía fue más: “hermana de sus amigos”. Cumplió la ley bíblica de la lealtad: “Mantente fiel hasta la misma muerte, que yo te daré la corona de la vida”.

Los designios divinos son impredecibles y pertenecen a una razón muy peculiar que algunos llaman sinrazón. Por uno de esos designios, recibí un recado que me transmitió una hija, de que llamase a un teléfono equis perteneciente a la familia de María Leonor Madinyá, pues ella deseaba hablar   conmigo. Yo recibí el papel con el número telefónico y no logré comunicarme enseguida, pasaron dos días más, y no llamé por un sensible olvido que yo atribuyo a la circunstancia de encontrarme enfermo. Al tercer día me atropelló la noticia: era tarde para hacer la llamada, pues la noble amiga había muerto.

En fin de cuentas, cosas para meditar sobre el breve tránsito llamado la existencia humana.

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