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Evelina Cucalón en fa mayor |
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| Un aspecto del concierto que la Orquesta Sinfónica de Guayaquil ofreció el pasado viernes en la iglesia Santo Domingo. | | |
| Octubre 03, 2006
Félix Fleming,para EL UNIVERSO
Es impresionante ver una iglesia como la de Santo Domingo (Las Peñas) repleta con oyentes de toda clase social en una sola comunión artística. Si aquel público aplaudió entre los movimientos, fue lo de menos, pues la ovación de pie, fue larga, entusiasta, el silencio que reinó durante las interpretaciones asombroso: ni siquiera una tos repentina.
La Orquesta Sinfónica de Guayaquil rindió su homenaje a quien había sido su presidenta durante doce años. Se siguió progresando con la nueva directiva y tuvimos una buena muestra en el concierto de aquella noche. El Adagio de Barber, tan popular como el de Albinoni, pertenece a un cuarteto cuyos demás movimientos tienen también gran interés. El tema fue utilizado en películas como Platoon, Elephant Man. En todo caso, Toscanini hizo conocer en 1938 una versión para gran orquesta capaz de multiplicar aquel embrujo que nos hace circular entre las diversas secciones de las cuerdas.
Apreciamos mucho, en Santo Domingo, el paso de las violas, la intensidad vibrante de los violonchelos, la dirección mesurada, la tensión controlada de Davit Harutyunyan. Aquella melodía que se eleva como espiral con suaves pausas hasta un clímax, evoca siempre para mí las obras de Rendón Seminario.
El concierto de J. S. Bach interpretado por Ryshard Jarosik en el oboe, Ecuador Pillajo en el violín, puso otra vez de manifiesto la cohesión de las cuerdas. Jarosik, con precisión y fuerza, Pillajo con un vibrato que confiere al barroco Bach toques sutiles de gran emotividad, tales como les gusta a los rusos y con buena razón, pues Bach hubiera utilizado todas las posibilidades de la orquesta moderna, sobre todo, en el movimiento lento, llegaron al público. Es demás recordar que la melodía del primer movimiento, interpretada por los más diversos instrumentos o grupos orquestales, se ha vuelto familiar.
La Octava sinfonía en fa mayor de Beethoven permitió a la orquesta dar su plena posibilidad. No sé por qué ciertas personas opinan que las mejores sinfonías beethovenianas son las impares a partir de la tercera. ¿Será porque tienen un nombre especial como la heroica, la del destino, la apoteosis de la danza, la oda a la alegría? ¿O tal vez porque las dos primeras se hallan todavía bajo la sombra de Haydn y Mozart? Sería ignorar la pastoral y precisamente aquella octava, la que decepcionó de cierta manera a Beethoven porque no recibió la debida acogida y sin embargo, hierve en temas originales.
Harutyunyan optó por devolverle su potencia y no presentarla en ningún momento como "la pequeña sinfonía" (así la llamaba el mismo Ludwig). Buen comportamiento del dúo de cornos, los violines en tresillos o pizzicati. El minué de repente hace un guiño a Mozart, pero el final insiste en el acorde de fa mayor hasta la obsesión. Evelina Cucalón, con seguridad, estuvo presente en cada arco, cada gesto del director, cada aplauso. "Non omnis moriar" escribió Horacio: no moriré del todo, pues dejamos a veces nuestra huella en la tierra, nuestra cicatriz en el mapa. Fueron doce años de trabajo desinteresado sin sueldo ni prebendas, por amor al arte y también a la ciudad que la vio nacer.
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