Los insistentes gritos de su pequeño hijo despertaron a Salif Oudrawogol una noche, el mes pasado. El olor lo impactó momentos después, al penetrar la choza de la familia, una mezcla nociva evocadora de huevos podridos, ajo y petróleo.
Oudrawogol salió a investigar. Al lado de la propiedad de la familia, cerca de sus campos de yuca y maíz, vio una mancha de residuos negros. “El olor era tan fuerte que nos dio miedo”, expresó Oudrawogol. “Hizo que nos ardieran la nariz y los ojos”.
Durante los próximos días, a su hijo de seis meses, Salam, le salieron ampollas en la piel que, al reventarse, formaron llagas supurantes en todo su cuerpo.
La forma en que esos residuos, un cóctel muy tóxico de desechos petroquímicos y soda cáustica, terminó en un suburbio al norte de Abidjan es una historia oscura de la globalización.
Provino de un buque petrolero, de propiedad griega, con bandera panameña, alquilado por la sucursal londinense de una corporación comercializadora suiza, cuya sede fiscal se encuentra en Holanda.
En Europa, la disposición sin peligro de los desechos habría costado unos 300 mil dólares, o incluso el doble, si se toma en cuenta el costo de las demoras.
Debido a decisiones tomadas no sólo en Costa de Marfil, sino también en Europa, fueron depositados a la puerta de algunas de las personas más pobres del mundo.
Hasta la fecha, ocho personas han muerto, docenas han sido hospitalizadas y 85 mil han buscado atención médica, lo que ha paralizado el frágil sistema de cuidados de salud en un país dividido y empobrecido por una guerra civil, y la crisis ha provocado una reorganización gubernamental.
“En 30 años de hacer este tipo de trabajo nunca he visto nada como esto”, señaló Jean-Loup Quéru, ingeniero de una compañía de limpieza francesa contratada por el gobierno marfileño para eliminar los desechos.
La historia de los residuos comenzó el 2 de julio, cuando un oxidado buque petrolero, el Probo Koala, llegó a Amsterdam tras una larga estancia en el Mediterráneo.
Alquilado por Trafigura, compañía global comercializadora de petróleo y metales, hacía escala rumbo a Estonia para descargar lo que según la compañía eran unas 227 toneladas de agua de lavado usada para limpiar las bodegas del barco, que normalmente contendría petróleo, gasolina, soda cáustica u otras sustancias químicas.
Amsterdam Port Services, compañía de procesamiento de desechos, aceptó el encargo, a cambio de unos quince mil dólares.
Cuando los trabajadores empezaron a descargar los desechos, encontraron problemas, indicó la compañía. Para empezar, el volumen era mucho mayor. Además, los gases que emanaban de los desperdicios hicieron que algunos de los trabajadores holandeses se enfermaran.
Se produjo un breve impasse, pero el Probo Koala pudo levar ancla de Amsterdam dos días más tarde, después de volver a cargar todos sus desechos.
De Amsterdam, el Probo Koala zarpó a Estonia y cargó productos petroleros rusos. Tras entregarlos a Nigeria, continuó a Abidjan, a donde llegó el 19 de agosto.
Trafigura contrató a una compañía marfileña, Tommy, para eliminar los desechos. Tommy contrató a camiones que se dirigieron, de noche, a por lo menos 18 sitios en diferentes partes de la ciudad, según el equipo de limpieza francés y testigos en varios barrios donde el material fue depositado.
África es un vertedero para todo tipo de cosas para las que el mundo desarrollado no tiene uso. “Esto es el lado oscuro de la globalización”, expresó Jim Puckett, activista en Basel Action Network, grupo ambiental que lucha contra la descarga de desechos tóxicos. “Las regulaciones ambientales en el norte han hecho costosa la disposición de desperdicios, así que las corporaciones miran hacia el sur”.