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La música debe continuar en Iraq

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La Orquesta Sinfónica Nacional iraquí a menudo ensaya entre apagones.
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Octubre 08, 2006

Por EDWARD WONG | BAGDAD

Era la música adecuada para una guerra turbulenta. Para abrir la velada, la orquesta se sumergió en el final de la obertura “1812” de Tchaikovsky, himno marcial cuyas notas retumbaron con creciente fuerza en el auditorio, al mismo tiempo que trompetas y trombones se unieron a las cuerdas en un rimbombante clímax.

Pero la atmósfera pronto ensombreció con una pieza titulada “Réquiem”, compuesta este año por el director de la orquesta. Lento, fúnebre y perturbador, el solo de chelo fue escrito a modo de elegía para su país.

“Es exactamente como una persona a punto de morir”, explicó hace poco Muhammad Amin Ezzat, el director de 45 años, después del concierto realizado en un club social cada vez menos frecuentado en el oeste de Bagdad. “Durante bastante tiempo, sonríe. El corazón aún late, pero cuesta trabajo respirar y hablar, está cerca de la muerte”.

La repentina alternancia entre el triunfalismo de Tchaikovsky y el tono sombrío de la composición de Ezzat refleja las suertes cambiantes de Iraq y de uno de sus símbolos perdurables de unidad nacional: la Orquesta sinfónica nacional iraquí.

A lo largo de los más de tres años de guerra, la orquesta se ha esforzado por levantar el ánimo del país y brindar alivio a través del arte. Sin embargo, algunos miembros de la orquesta ahora encuentran que, si bien el arte puede a veces ofrecer un breve respiro a la triste realidad, no puede erigirse eternamente como fortaleza contra el torbellino del conflicto. Este verano, cuatro de sus 63 integrantes huyeron a Siria y Dubai y dejaron a la orquesta sin dos de sus chelistas, un oboísta y un violinista.

A causa de los frecuentes apagones, la orquesta se ve obligada a menudo a ensayar sin electricidad. Dichos ensayos se llevan a cabo tres veces por semana en la antigua sala real de conciertos ubicada cerca del desmoronado corazón histórico de Bagdad, bajo la protección de guardias armados que rodean el recinto.

Los músicos empiezan a carecer de objetos como lengüetas y cuerdas, y pocas tiendas de accesorios musicales permanecen abiertas en Iraq, en parte porque los islamistas militantes han detonado bombas en varias de ellas. Los instrumentistas deben asegurarse de no ofender a milicianos fundamentalistas y vecinos islamistas.

“Las circunstancias nos afectan en el día a día”, expresó Karim Wasfi, de 34 años, director administrativo de la orquesta y chelista educado en Estados Unidos. “Quiero transmitir el sentimiento de que, a pesar de las dificultades, de los problemas y de la inestabilidad, existimos, tocamos y brindamos esperanza”.

Wasfi explicó que la orquesta es una de las más antiguas de la región. Sus raíces se remontan a un cuarteto de cuerdas fundado en 1939. Su primera versión, conocida como la Filarmónica de Bagdad, se convirtió en orquesta completa a fines de los annos 50.

Su repertorio suele consistir de composiciones europeas clásicas, aunque también interpreta piezas originales de sus integrantes, entre ellas las basadas en tradiciones musicales árabes.

Aun ahora, en un país dividido por conflictos sectarios, la orquesta sigue siendo un espejo de la sociedad multiétnica y multireligiosa de Iraq. Sentados uno junto a otro están instrumentistas árabes sunitas y chiitas, kurdos, cristianos, librepensadores y, al menos en el caso de uno de ellos, un mandeo, religión gnóstica que considera como profetas a Adán y Juan el Bautista.

Las brillantes esperanzas que estos músicos tuvieron tras el derrocamiento de Saddam Hussein, en 2003, se han desvanecido. Ese año, la orquesta ofreció un conmovedor concierto en el Centro Kennedy, en Wa-shington, donde tocaron, entre otros, para el Presidente Bush y el entonces Secretario de Estado Colin L. Powell. Algunos músicos fueron invitados a la Casa Blanca.

Ahora, el clarinetista Ali Khasaf tiene que practicar muy discretamente en un cuarto herméticamente cerrado de su casa, en el este de Bagdad, por temor a ofender a los milicianos conservadores.

Khasaf, de 48 años, vive en Ciudad Sadr, el baluarte de los milicianos leales al clérigo chiita radical Moktada al-Sadr.

Algunos tribunales de la sharia, encabezados por seguidores de Sadr, han declarado antiislámica a la música, como lo hizo el talibán en Afganistán.

“Si los vecinos oyen el sonido, podría disgustarles”, expresó Khasaf, integrante de la orquesta desde hace 25 años. “El público en general no es como usted o yo”.


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